¿Exhumo mis recuerdos porque quiero inhumar mi maloliente presente? ¿Los transformo en letras desacomodadas para acercarlos al caos de mi entorno?
¿O simplemente debo buscar algún tema intimista debido a mi falta de poderes telepáticos, que imposibilitan decirle al lector cuáles son las causas de hechos como la renuncia de Tatiana Clouthier a la secretaría de Economía?
Rescato entonces la imagen del camellón que descubrí cuando a regañadientes, como decenas de automovilistas, acaté esa tarde la orden del semáforo para hacer alto.
Aunque me quise engañar suponiéndome diferente y traté de evadir la exigencia de abrir los ojos para lastimarme con la realidad, apareció ese cuadro.
Entre la colectividad ansiosa de la luz verde, fundida en el paisaje urbano, apareció la imagen del niño del camellón, acostado en el suelo y sudoroso aun bajo la sombra de un árbol atacado por plagas e indiferencia.
A ese cuadro de miseria se sumó una mujer sosteniendo sobre sus hombros a una niña que hacía juegos malabares con un par de pelotas, la que luego, por su corta estatura, bajó con dificultad para pedir dinero a los automovilistas, más dispuestos a escapar de ahí que a ganarse el Cielo accediendo a esa petición.
A manera de acompañamiento al entretenimiento ofrecido mientras se agotaba la luz roja, hice resonar dentro de mí, ya fuera por mi deseo de convencerme de ellas o de intoxicarme con mi propia risa, las afirmaciones acerca de una nueva época de justicia, donde un solo hombre define lo que es bueno para todos y adapta la realidad a sus incuestionables designios.
"¡Es hora de que esto termine!", me dije desesperado por la tardanza de la luz verde.
Piel morena, mosca en la frente, ropa sucia y rebozo como envoltorio son parte de los rasgos de la imagen del niño en el camellón, cliente en ciernes de los favores del sistema para eternizar el lucro con la miseria.
Pese a todo, su rostro reflejaba confianza en el mundo para el que parecía no existir. Nada parecía importarle el entorno político de triunfo virtual en la adversidad real. Su sueño era profundo.
¿Qué oportunidades tendrá cuando despierte a la realidad de una vida ciega y sorda, que se niega a reconocer que ahora las cosas ya no son como antes? ¿Qué existencia le esperará en un país donde muchas veces las recompensas están en función del pago de favores y del tejido de complicidades, y no de las capacidades del individuo? Alguna vez será un joven que se preguntará curioso "por qué", para pasar más tarde a ser un adulto que admita el lapidario "para qué".
Esperar el permiso de la luz verde para circular nuevamente es una molestia que los de a pie no sufren. Para paliar esa contrariedad, subo las ventanillas eléctricas de mi automóvil, programo la temperatura de su aire acondicionado y sintonizo un noticiero de cobertura nacional.
Mientras la imagen del camellón parece observarme, escucho, en la comodidad y privacidad de mi automóvil, comentarios y noticias que reflejan los tópicos que rigen las agendas políticas de la región que habito.
De Nuevo León escucho que "lo nuevo" insiste en el manido recurso de convencer acerca del arribó de otro mesías sexenal; de Coahuila confirmo que ni las campañas anticipadas ni las traiciones configuran actos reprobables si estos aseguran la permanencia en el poder y, además, provienen del bando de los buenos; de Tamaulipas entiendo que la tentación de lo material y el desprecio de la corte son capaces de arrasar con cualquier sueño, así se haya incubado durante 80 años.
Ante la prolongada espera de la señal para movilizar a decenas de hombres-máquina, la imagen del camellón parece preguntarme por qué hay quienes se burlan de los olvidados y no se conforman sólo con sacar de paseo mediático a su incapacidad o inmoralidad.
Ojalá llegue el cambio anhelado. Urge que el semáforo autorice el reinicio de mi marcha. Me urge llegar a una cita y, además, estoy empezando a creer que el niño dormido en el camellón me está hablando.
¡Por fin, el siga! ¡Arrancamos!
Continúo mi camino, aunque ahora con una duda: ¿cómo bajo de mi vehículo a ese niño?
riverayasociados@hotmail.com