Cuando en el Potrero llueve los potrereños creemos en Dios. Si la sequía se alarga caemos en tentaciones de ateísmo. Y es que la lluvia es el pan nuestro de cada día. Si no hay agua no hay vida.
Con la esperanza puesta en lo alto hice plantar cien pinitos nuevos a la orilla del camino. A cada uno le echamos una tina de agua -cubeta o balde, dicen por acá-, pero la tierra se la bebió, avara, y los arbolitos están ahora tristes. Si no llueve pronto esa tristeza los hará morir. Y es cosa triste que un arbolito muera de tristeza.
Ayer don Abundio sugirió que saquemos en procesión la imagen de Nuestra Señora de la Luz para que le pida a su Hijo que nos mande el agua. Doña Rosa, su mujer, lo reprendió:
-Tú te das golpes de pecho nomás cuando te atragantas.
Replicó el viejo:
-Para pedir nunca es tarde, aunque Dios se tarde en dar.
Pienso en los arbolitos que se mueren de sed a la orilla del camino, y me entristezco.
-Señor: te cambio mis pinitos por tu lluvia.
¡Hasta mañana!...