El arte y las ideas no tienen sexo. Producto de miopías culturales, dogmas religiosos, y en una palabra, la mujer ha sido hecha a un lado a lo largo de la historia en lo que se refiere al desarrollo y cultivo de las bellas artes y en general del estudio y a la creación del conocimiento.
Esa es la razón por la cual en estas disciplinas solamente han figurado y sobresalido hombres, sin embargo…, y dicho con todas sus palabras: "El arte no tiene sexo, lo que importa es cómo tocas el violín pintas o compones". Tal es la frase de Ethel Smith, compositora y pianista inglesa que viviera entre 1858 y 1944. A la temprana edad de 19 años ingresa al Conservatorio de Leipzig, pero lo interesante es imaginar que esta mujer tuvo como compañeros de clase a Edward Grieg, Antonin Dvorak y Piotr Illich Chaikovski.
Consciente del lúgubre escenario que enfrentaba cualquier mujer para desarrollarse en el arte, la ciencia y en general en su participación en la sociedad, se convierte en una férrea activista a través de la música. Desgraciadamente y al igual que Beethoven, Smith perdería el oído, lo que la obligó a inclinarse por las letras, haciéndose merecedora en 1922 del título de Dama del Imperio británico.
Ser compositora de ópera en Inglaterra no era cosa fácil en ese momento pues desde Purcell, este género había quedado en manos de Europa continental y además, Ethel Smyth traía toda la escuela alemana. En su ópera The Wreckers, Ethel logró imprimir la tradición vocal de los grandes oratorios inmersos en temas que iban desde la avaricia, el amor y el fanatismo religioso.
La propuesta estaba hecha, el problema es que la había hecho una mujer. A pesar de haber sido muy bien recibida por el público en su estreno en Leipzig, la envidia del director y de los músicos, provocaron que se representara más. Lo mismo pasó en Praga, Viena y Londres. Por alguna razón siempre salía algo mal. Independientemente de tantos obstáculos y críticas, la música de Ethel Smyth, portadora de profundas emociones y sentimientos, es considerada como la base sobre la que descansa la estructura compositiva de Inglaterra en el siglo XX.
En su carácter de activista política, escribió en 1911 su himno sufragista "La Marcha de las Mujeres". Tal fue el impacto y fuerza de su obra que le costaría pasar 2 meses en prisión con el pretexto de "haber roto una ventana".
Su letra reza: "Cantemos fuerte y alto, gritemos con el viento que anuncia la mañana. Marchemos, desfilemos; con los amplios soplos que mueven nuestras banderas, camina la esperanza. El canto con su letra, los sueños con su gloria nos llaman. ¡Y su palabra es feliz! Alto y más alto, se hincha el trueno de la Libertad, la voz del Señor".
"Lejos ya el pasado, íbamos atemorizadas bajo las luces del cielo. Fuertes y más fuertes nos mantenemos en la nueva confianza sin miedo. La fuerza con su belleza, la vida con su deber... Oíd la voz! Oíd y obedeced! Ellos nos llaman. Abrid los ojos a las llamaradas del día". "Camaradas, quien no se ha desafiado primero en la batalla a esforzarse y sufrir despreciado y rechazado ya no necesita cuidados. Levantando los ojos a una mañana mayor, caminos de cansancio, días de monotonía, dureza y dolor tendremos que soportar por la causa. Victoriosas seremos luciendo la guirnalda de las valientes vencedoras". "La vida y la lucha, ambas, son lo mismo". Nadie puede ganar sino con osadía y fe. Por lo que ya hemos hecho, preparadas para la tarea de hoy estamos. Firmes en la alianza, risueñas en el desafío, la risa con esperanza es lo máximo, Desfilemos, marchemos, muchas como una sola, hombro con hombro y amiga con amiga".
Chaikovski en su momento llegó a afirmar: La señora Smyth es una de las pocas compositoras de las que se puede decir que ha logrado algo valioso en el campo de la composición musical.
El arte no tiene sexo, lo que importa es cómo tocas el violín pintas o compones… en un Suspiro.