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Adicción a las conductas de riesgo

La necesidad de aumentar la intensidad y frecuencia de un hábito nocivo, con la intención de evadir un malestar en lugar de enfrentarlo, atenta contra la propia integridad.

Crédito: Freepik

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MARIMAR CENTENO

Una vida de crecimiento significa atreverse a tomar riesgos, solo así el individuo sabrá de lo que es capaz. Al continuar adelante, independientemente de los resultados, tendrá más fortaleza interna. Comprender el aprendizaje tan significativo que dejan las experiencias brinda confianza en uno mismo y capacidad de hacer frente a las adversidades.

Atreverse a salir de la zona de confort es muy atractivo para algunas personas; para otras es atemorizante por la incertidumbre del proceso o porque, simplemente, les es más cómodo permanecer en su estado actual.

El miedo es un obstáculo para tomar riesgos; el miedo a fracasar, a no tener el resultado deseado, a las opiniones de los demás. Afrontar las situaciones de una forma adaptativa y saludable significa saber que las experiencias negativas son parte de la vida, que el fracaso siempre es una posibilidad pero, también, estar consciente de que no siempre será así.

¿Cómo sería la vida si no nos hubiéramos atrevido a vencer algún miedo? Siempre es sano pensar en algo positivo que las experiencias pasadas hayan dejado y observar la capacidad propia para sobreponerse si algo no sale como se esperaba. Si en algún momento hubo una respuesta desadaptativa ante alguna situación, lo mejor es reflexionar sobre qué se puede hacer diferente la próxima vez, sabiendo que ahora hay más fuerza emocional.

Acercarse a una meta implica asumir que puede haber consecuencias de los riesgos que tomamos para alcanzarla y que tenemos la capacidad de hacernos cargo de eso. Todos cometemos errores y, ante ello, podemos descalificarnos con los pensamientos o podemos elegir ser comprensivos y tolerantes respecto a las emociones que surgen, utilizando nuestro tiempo y energía para aceptar lo que ya es y seguir intentando desde una nueva perspectiva, ya que siempre existirá al menos una posibilidad de que salga bien.

RIESGOS INSANOS

Pero tomar riesgos no siempre es positivo. Pueden ser muy perjudiciales cuando se toman sin consciencia del daño emocional y físico que pueden provocar. En este caso se les conoce como conductas de riesgo, las cuales pueden afectar tanto a quien las ejerce como a quienes lo rodean.

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Los cambios hormonales pueden llevar a los adolescentes a la búsqueda de nuevas sensaciones y emociones extremas, experimentando con alcohol o sustancias adictivas, sin saber si tienen o no la capacidad de controlar el efecto de lo que consumen. Esto los puede llevar a desarrollar comportamientos peligrosos que prevalecen en la juventud e incluso hasta la adultez.

Las relaciones sexuales sin protección son de alto riesgo, sobre todo si son con personas que ejercen su sexualidad de una forma abierta o practican el poliamor, pues ponen en juego la salud física, incluso la vida, de las diferentes parejas al arriesgarse a contraer y contagiar una enfermedad de transmisión sexual como herpes, virus de inmunodeficiencia adquirida o virus de papiloma humano. Exponerse de esa manera es una evidente falta de amor propio, autocuidado y empatía por los demás.

La falta de autocontrol en la alimentación es otra conducta que deteriora la calidad de vida. La obesidad es una enfermedad que da pie a otras patologías que, si no se tratan a tiempo, pueden causar la muerte. También es un factor predictor en el desarrollo emocional de las personas, ya que se asocia a la baja autoestima y la depresión. En general, los hábitos nutricionales poco saludables, como los atracones o el consumo de alimentos con poco aporte nutritivo, pueden considerarse riesgosos.

EL PAPEL DE LA DOPAMINA

Todas las conductas antes mencionadas surgen de la búsqueda de gratificación inmediata. Son síntomas de una personalidad con tendencia a las adicciones. Quienes son propensos a ellas es porque han desarrollado alteraciones en la liberación de dopamina, un neurotransmisor importante del sistema nervioso central que se produce al experimentar sensaciones agradables y que permite disfrutarlas, así como tener la motivación suficiente para continuar haciéndolas y recibir la recompensa del placer.

Las conductas adictivas inician cuando la persona realiza una acción placentera para evadir un malestar, liberando dopamina. Esta provoca una sensación de bienestar a corto plazo, pero entre más se repite la actividad, se desarrolla tolerancia; es decir, se termina necesitando cada vez más de lo mismo para lograr el nivel de placer deseado. Mientras más se active el sistema dopaminérgico, más sensación de euforia se experimenta, pero prevalece la compulsión por repetir la acción tan pronto el gozo desaparece, llegando a perder el control de la conducta (sea comer, tener relaciones sexuales, consumir drogas, ir a lugares peligrosos, etcétera).

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Las personas con rasgos de trastorno límite de la personalidad, por ejemplo, experimentan constantemente miedo al abandono o a la soledad, por lo que pueden exponerse a situaciones de violencia emocional o física, o tener encuentros con desconocidos, para evitar afrontar las emociones displacenteras que son consecuencia del trastorno.

La depresión y la ansiedad son enfermedades que se pueden manifestar por factores biopsicosociales y, si no reciben el tratamiento adecuado y se recurre a conductas de riesgo para evadirlas, incrementa el estado de vulnerabilidad de quien las padece.

¿QUÉ DEBE HACER ALGUIEN ADICTO A LAS CONDUCTAS DE RIESGO?

El primer paso es reconocer que hay un problema que involucra los neurotransmisores del cerebro y la necesidad de evadir un malestar, así como asumir que poner en riesgo la propia vida o la de alguien más indica una gran falta de responsabilidad.

Una vez detectada la alteración del comportamiento, es de vital importancia buscar ayuda especializada en temas de salud mental y adicciones para la desintoxicación química y emocional. El o los profesionales que traten al paciente deben brindarle un espacio seguro donde pueda expresarse y reconocer qué situaciones actuales activan las conductas de riesgo y qué emociones trata de evitar con ellas, así como enseñarle las herramientas para sobrellevarlas y desarrollar estrategias de afrontamiento ante el malestar o las situaciones estresantes.

Otro punto clave es tener una red de apoyo, o al menos un vínculo que tenga la capacidad de acompañar sin juzgar durante el proceso de recuperación. La función de estas personas es practicar la tolerancia y la comprensión hacia los estilos de afrontamiento del afectado, además de reconocer y fomentar su capacidad de responder de una forma adaptativa y saludable a las adversidades.

Las conductas de riesgo son síntoma de una relación insana con uno mismo. Durante la infancia y adolescencia, el amor, el respeto y el sentido de autocuidado se aprenden de los adultos con quienes más se interactúa, pero cuando los cuidadores fallan en esa enseñanza, surge la propensión a estas compulsiones. Hay que hacer consciencia y tener presente que el pasado ya no va a cambiar, ya fue, no existe, y cada momento nos regala la oportunidad de relacionarnos de una forma más sana con nosotros mismos, con nuestros pensamientos, emociones y acciones. Ese es el poder de decidir qué hacer en el momento presente.

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Escrito en: Marimar Centeno Adicción conductas de riesgo Dopamina desintoxicación

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