El origen de la palabra niño parte etimológicamente del latín infans que hace referencia al que no habla, es decir, a aquel incapaz de realizar actos jurídicos, que a su vez derivaba del término griego neos, que significa nuevo. Es decir, la figura histórica del niño y la niña a quedado relegada a los intereses superiores de su figura de autoridad. Esa situación continúa en la Edad Media en Europa, donde era común utilizar el término infante para referirse a los hijos de la nobleza. Con el tiempo, dicho término se extendió para referirse a todos los niños y niñas, independientemente de su origen social.
A partir de dicha situación las ciencias sociales, en espacial la antropología y la sociología, han utilizado el término de adultocentrismo para referirse a una forma de discriminación o prejuicio que se basa en la creencia de que los adultos son superiores a los niños niñas, y que su perspectiva y experiencias son más valiosas e importantes que las de los jóvenes. Es una forma de opresión que niega a las infancias su voz, su autonomía y su capacidad para tomar decisiones.
Por ejemplo, Rosana Reguillo en su libro Emergencias del deseo: juventud, violencia y cultura en la era global nos menciona que las infancias y juventudes juegan continuamente un papel fundamental en la construcción de la cultura y la identidad influyendo en las experiencias cotidianas de los jóvenes a partir de construir mecanismos de resistencia (culturales) contra las opresiones sociales.
Así mismo, José Carlos López en su artículo Incógnita de un ensayo sentipensante: ¿Infancias? Reflexiona sobre la complejidad de aprender a mirarse mirando a las infancias, es decir, las dinámicas infantiles y los sistemas adultocéntricos deben reflexionarse bajo una mirada dialógica intentando superar las barreras intergeneracionales y que suprimen a las niñas y los niños bajo estándares jerarquizados.
Estas perspectivas sobre las infancias nos invitan a resignificar el papel del niño y la niña en la sociedad contemporánea, a partir de que no solamente figuren como agentes estáticos ante los cambios drásticos de la realidad social. Escucharles bajo un formato horizontal es uno de los primeros pasos para edificar una sociedad más justa e igualitaria.
Para tal efecto es impostergable reajustar las estrategias pedagógicas de enseñanza-aprendizaje que reafirmen el conocimiento que se desarrolla desde los primeros años de edad, construir espacios de equidad, igualdad y justicia. Así mismo, deben de existir condiciones óptimas para que las infancias tengan un acceso libre de violencia sobre las nuevas tecnologías y fomentar espacios de libre identidad para ellas y ellos.
A medida que la sociedad cambia, también lo hacen las expectativas y responsabilidades que se les atribuyen a las infancias. Por último, me gustaría mencionar que para reivindicar el papel de la infancia en la sociedad se debe involucrar a las niñas y los niños en la construcción de un mundo más justo.