Esta historia ocurrió hace muchos, muchos años.
En las antiguas instalaciones de la "Pereyra Grande", ubicadas en la colonia Torreón Jardín… confundido con el bullicio y la jovialidad propia de la juventud, un perro de aproximadamente dos años de edad, de altura alrededor de 50 cm. y de colores: gris, negro y café, se relacionaba con la multitud de muchachos al salir de clases.
Este singular ejemplar a quien le apodaban "Pirata" por tener un parche negro en el ojo izquierdo y también por estar cojo de una de las patitas traseras, algunos de los alumnos a la salida de clases le compartían de lo que ellos comían y también le hacían caricias, por lo que el "Pirata" lógicamente estaba muy encariñado con su entorno, es decir tenía comida, compañía y atención de parte de los alumnos que eran como su familia quienes además eran también sus benefactores.
Al parecer al "Pirata" no le iba mal en cuanto alimento se refiere, pues se veía un poco gordito y lustroso de su piel y pelo.
Me comentaba una vecina de por ese rumbo, que seguido veía al perro, cuando pasaba por la escuela caminando, y el cual al paso de los días se hizo su amigo, pues cuando la veía le movía la cola alegremente, demostrándole cariño, en reciprocidad a que ella lo acariciaba cada vez que pasaba por la "Pereyra".
En dos ocasiones se salvó de que se lo llevara la "perrera" por el delito de ser un perro de la calle, delito que a mí me parece más bien culpable quien lo abandonó, al igual que a muchos otros perros que deambulan sin rumbo por la ciudad.
El "Pirata" había tenido hasta el momento mucha suerte al escaparse de la muerte al ser atropellado y en otras ocasiones que también estuvo a punto de que lo hirieran, algunos alumnos lo protegían y le prodigaban atenciones a diario, al salir de sus clases, y debido a estos pocos cuidados y atenciones le iba muy bien al "Pirata" ya que él requería de muy poco para vivir.
Un buen día la suerte le cambió al "Pirata", regresó a buscar a sus benefactores y ya no encontró el bullicio, ignorando que la escuela había cambiado de dirección y ya no había nadie que lo alimentara, esperó y esperó dispuesto a no darse por vencido, regresó al día siguiente sin encontrar de nuevo a nadie, las aulas lucían vacías, no había nada ni nadie, ni una sola persona, el perro no comprendía los ciclos crueles de la vida, pues como bien lo sabemos las personas, todo lo que empieza algún día termina.
Con una fidelidad propia de su estirpe siguió esperando por sus amigos notándose en él las huellas del abandono, adelgazó al grado de que se le veían las costillas, su pelo se hizo áspero e hirsuto, y su piel se tornó grisácea y escamosa, sus ojos, que antes denotaban vida y un brillo propia de la salud y alegría que tenía ahora lucían hundidos y secos.
Los días se hicieron semanas, y las semanas meses, y el "Pirata" esperó y esperó, y los alumnos, sus amigos, ya no regresaron a estas instalaciones, y aun sin entender el porqué, el pirata prefirió esperar por sus "antiguos benefactores" aún a costa de su propia integridad.
La vecina que de cuando en cuando veía al "Pirata", por ese tiempo estuvo fuera de la ciudad por vacaciones, de regreso, al pasar por la antigua "Pereyra" vio al "Pirata" flaco y solo, se apiadó de él, se lo llevó a su casa, donde lo aseó, le dio de comer y así día tras día él recuperó su peso y su aspecto anterior, físicamente se recuperó por completo, no así su carácter alegre que nunca volvió a ser el mismo y a decir de la señora que lo adoptó, quien me comenta que seguido saca a caminar al "Pirata" y cuando pasa por la antigua "Pereyra Grande" en la colonia Torreón Jardín, el perro ahora ya viejo, se para un rato a oler y observar.
Con toda seguridad me dice que cree que el perro se siente afortunado por su vida actual, pero también nostálgico al ver la "Pereyra" vacía, y ahora convertida en casas, recuerda con tristeza el lugar donde fue feliz en su época de juventud, época que como todas, jamás regresará.
Y ahora para terminar una gota de filosofía:
NO SOY LO QUE ESCRIBO, SOY LO QUE TU SIENTES AL LEERME.