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La tenista

JORGE VOLPI

ÁTICO

Destacada por su encanto y su permanente buen humor, mi madre tenía algo de epicureísta. Lo que mejor hacía era jugar.

Con mi padre no tengo duda: fue ante todo cirujano. La condición de mi madre es más elusiva: si bien estudió para secretaria trilingüe y trabajó en despachos de abogados y agencias de publicidad -imagino su juventud como un capítulo de Mad Men-, el trabajo jamás la definió. Se enorgullecía de haberse hecho cargo de sí misma y de la libertad que gozaba en aquel milagro mexicano que le permitía viajar a Estados Unidos una vez por año, pero sus intereses eran más desenfadados que los de su futuro esposo.

Si mi padre era brillante, culto, desenvuelto, obsesivo y, sí, autoritario, ella se destacaba por su encanto y su permanente buen humor: un contraste necesario frente a la seriedad -y la severidad- de su marido. Él tenía algo de estoico y ella de epicureísta: disfrutaba cada momento, sin formularse grandes preguntas ni crearse demasiados conflictos -los evitaba como a la peste-, concentrada en el presente. Quizás por ello se atraían y repelían, polos opuestos frente a la vida: de un lado, el deber ser; del otro, la diversión.

Tal vez eso es lo que con más denuedo persiguió mi madre: divertirse, diría incluso entretenerse. Frente a las verdades absolutas de mi padre, oponía un ingenioso pragmatismo y, si no funcionaba, le daba por su lado. Él la llamaba cariñosamente Nena y se empeñaba en tratarla como una hija más en el entorno del paterfamilias ilustrado; ella pocas veces se rebelaba, prefería hallar estratagemas para eludir sus órdenes y salirse con la suya, hasta que cuando no podía más estallaba como un volcán.

Lo que más le gustaba, y lo que mejor hacía, era jugar. Recordaba, con cierta melancolía, su adolescencia dedicada al voleibol. Pero pronto descubrió su gran amor: el tenis, que jugó dos veces por semana hasta que, a los setenta y cinco, un ataque al corazón -hasta entonces había tenido una salud de hierro- se lo arrebató. Adoraba el tenis o lo que entrañaba: la competencia, las ansias de ganar por sí misma, la complicidad con sus amigas, ese espacio del Centro Asturiano donde se sentía libre frente a las aburridas obligaciones del hogar.

Recuerdo que el tenis fue el principal motivo de las batallas entre mis padres: él le reprochaba que descuidara sus labores, detestaba su obsesión. Supongo que temía ese empecinamiento en pasársela bien a toda costa, y con razón: ni cuando él enfermó y le exigió no dejarlo ni un minuto a solas, ella dejó de arreglárselas para ganar algún set. Si adoraba el tenis, su arrebato lúdico también la llevaba a las cartas, que jamás dejó de jugar conmigo una vez que mi padre, cada vez más recluido en sí mismo, canceló sus veladas con amigos.

Aunque él era un ávido lector -lo he contado en Examen de mi padre-, le debo a ella mi iniciación con los libros. Por las noches nos escurríamos a ver a deshoras un sinfín de programas policiacos: Kojak, Cannon y, nuestro favorito, Columbo. Había devorado, asimismo, incontables agathachristies: para ella, la lectura era asimismo un juego y su modelo fue lo que yo busqué la primera vez que pedí una obra semejante a los misterios que resolvíamos frente a la tele: los cuentos de Edgar Allan Poe.

Como buena ludópata, sus pasiones eran abrasivas: terminaba un rompecabezas o una voluminosa novela en un día. Ella, que no era política, en 2006 apoyó con ese mismo entusiasmo a López Obrador (tal vez para desquiciar el panismo de mi padre) y, aunque luego se desencantó, siempre le agradeció los apoyos que al final de su vida le permitían llegar a fin de mes. Tras la muerte de mi padre, poco a poco fue olvidándolo todo, o casi todo. Nunca dejó de reconocerme y todavía hace dos meses jugamos rummy: sus delicados dedos ya no podían sostener las cartas. Si mi padre me heredó su ansia de conocimiento, ella me legó algo aún más importante: la voluntad de ser feliz.

Para quienes no confiamos en la vida ultraterrena -frente a mi católico padre, mi madre apenas creía en un Dios-, la inmortalidad solo está en las mentes de quienes te recuerdan. Por eso yo no dejaré de verla con su dulce sonrisa después de haber conseguido otro saque.

@jvolpi

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