AMLO está sembrando otro cuento más entre la población. En esta ocasión, que Xóchitl Gálvez es hija de la corrupción, no del mérito. Pasar de vender tamales a fundar una empresa exitosa debe ser resultado de la corrupción.
Ahí están los legisladores morenistas repitiéndolo. En su mundo, pareciera que no hay cómo triunfar sin ser deshonestos. Ellos lo validan en sus formas de acumular dinero.
En México se es culpable de tener éxito empresarial hasta que se demuestre lo contrario. Para muchos, decir contratos es decir corrupción. En el manejo del presupuesto gubernamental es común que sean sinónimos, pues frecuentemente se da el contrato al amigo o al conocido para recibir dinero o para esperar a cambio algún favor. Por eso prefieren asignarlos directamente que licitarlos, algo más común en este gobierno que en el pasado.
Para muchos políticos les es difícil entender que en el mundo empresarial los intereses dominantes son otros: la calidad, la satisfacción del cliente y el precio. De los contratos de la empresa de Xóchitl por mil 400 millones de pesos, ilegalmente obtenidos y exhibidos por AMLO, el 95 por ciento corresponde a contratos con empresas privadas, no con el gobierno.
Xóchitl debe poder convencer, no sólo a la clase media, sino a una parte de los seguidores de AMLO, que ella fue capaz de fundar y crecer su empresa de forma legal, sin favores y a partir de sus competencias profesionales y su ética de trabajo. No es fácil. Mientras que en Estados Unidos el pacto social está fundado en el principio de que basta esforzarse para sobresalir económica y profesionalmente, en México predomina la idea de que sólo heredando o robando se puede triunfar.
Estas visiones están construidas a partir de cierto patrón social más o menos dominante, pues en Estados Unidos hay mucha mayor movilidad social y empresarial que en México. Aunque allá está probado que también muchos de los privilegios se heredan: basta ver lo difícil que es para un afroamericano con estudios universitarios lograr niveles de ingresos similares a los de un blanco con ese mismo nivel educativo.
En México hay muchos ejemplos de éxito como el de Xóchitl Gálvez. Son menos de los deseables, pero existen innumerables negocios basados en la honestidad, la capacidad y el trabajo de sus fundadores. Gente honesta y luchona que se sacrifica para salir del horror de la pobreza, que no solo significa vivir con restricciones de todo tipo, sino en la inseguridad, tal como lo cuenta muy bien Xóchitl en una entrevista conducida por Carmen Aristegui hace unos días.
Xóchitl debe persuadir sobre todo a la clientela de AMLO que se puede construir un México con mayor movilidad social. Que nadie debe resignarse al cuento de la condena a la pobreza en función de donde uno nació. Que con mejores sistemas de salud y de educación pública, los cuales son posibles si el gobierno se aboca a ello, se pueden ensanchar las avenidas del progreso.
Sin embargo, seguirá siendo una puerta estrecha. Para quienes no puedan pasar por ella, el Estado debe proveer un paquete de derechos financiados por los impuestos de quienes más tienen para que puedan tener una vida digna, sin tener que emigrar a Estados Unidos para tratar de asegurar su futuro.
Este es el pacto socialdemócrata que funciona en la mayoría de los países europeos. Lo fácil es decir que lo alcanzaron explotando al resto del mundo. Varios lo hicieron, pero hay muchos otros factores detrás de su desarrollo. España, que en los años sesenta tenía niveles de ingreso similares a los de México, logró construir, a partir de políticas públicas inteligentes y bien implementadas, un Estado democrático con instituciones fuertes y competente que garantiza un colchón social mínimo, y con ello se convirtió en un país mucho más moderno y próspero que el nuestro.
@carloselizondom
ÁTICO
En México predomina la idea de que sólo heredando o robando se puede triunfar. Pero el caso de Xóchitl Gálvez no es único.