John Dee era hombre de libros. Su biblioteca, segunda en Europa sólo después de la de Erasmo, poseía todos los libros sagrados y abundancia de los profanos. Los había en todas las lenguas vivas y en las llamadas "muertas", de vida aún más perdurable.
John Dee leía, leía siempre. Por la mañana su lámpara era el sol: por la noche se alumbraba con candelas. No tenía trato con persona alguna. Sus relaciones eran Aristóteles y Platón; Horacio y Virgilio; San Agustín, Santo Tomás de Aquino.
Cierto día le aconteció a John Dee viajar. Fue a diversas ciudades de Inglaterra, Francia, Italia y Alemania. Pero conoció tres repúblicas más interesantes aún: la de la amistad, la del vino y la de la mujer. Tuvo amigos; con ellos bebió y cantó con ellos: supo del amor.
John Dee regresó cambiado.
Antes era un hombre de libros.
Se volvió un hombre de vida.
¡Hasta mañana!...