Si hubieras visto ayer por la mañana el cielo de mi ciudad habrías conocido en verdad lo que es un cielo.
Sin nubes, de un azul como el del manto de la Virgen, la bóveda celeste no parecía bóveda, cosa que suena como a banco o templo, sino un alegre prado celestial. Deseos daban de volverse niño para alzar sobre él una cometa o para poner a navegar en ese gran océano azulino un barquito de papel.
Días grisáceos, de neblina y lluvia, fueron los pasados días. Cuando están así dice la gente de la ciudad: "¡Qué feo está el tiempo!". Quienes viven con los pies en la tierra, o sea en el campo, y que de él sacan el pan de cada día, dicen en cambio cuando el día está metido en agua: "¡Qué bonito está el tiempo!".
Hoy mi cielo está limpio, como si la Virgen lo hubiera lavado y puesto luego a secar. En el otro lado del mundo el cielo es ahora color de púrpura, no por los esplendores del crepúsculo sino por los reflejos tintos de la sangre. Le pido a la Señora que tienda su manto sobre esas naciones que comparten lo mismo el odio que el temor, y le doy gracias por este cielo azul tan azul cielo.
¡Hasta mañana!...