La cocina de la antigua casa del Potrero se llena con aromas que para mí superan a los de toda la perfumería francesa.
La leña de manzano que arde en el fogón huele a sándalo o incienso. El té de yerbanís que borbotea en la olla hace que el bosque entre en la casa, y en la mesa la copa del mezcal serrano tiene hálito de espíritus benévolos.
Doña Rosa cuenta de la vez que don Abundio, su marido, fue a la ciudad cuando era joven. Se encontró con hombres del rancho que lo invitaron a estar en el mismo hotel en que ellos se hospedaban. Vio que cada uno de ellos metía en su cuarto a una mujer, y que al día siguiente le daban dinero. Les preguntó:
-¿Y a mí no me van a dar nada?
Reímos todos, y don Abundio se molesta. Masculla con enojo:
-Vieja habladora.
Doña Rosa figura con los dedos índice y pulgar el signo de la cruz, se lo lleva a los labios y jura:
-Por ésta.
¡Hasta mañana!...