(CORTESÍA)
En la primavera de 2010, la periodista cultural Mónica Mateos recibió una noticia: su cerebro albergaba un tumor. La mezcla de esas palabras le generó sensaciones hilvanadas entre el miedo y la incertidumbre. Según datos recabados por la propia reportera, por cada millón de habitantes, alrededor de cinco mil personas son portadoras de algún tumor cerebral en México. Pese a los avances científicos, la razón de estos números sigue siendo incierta para los investigadores.
Sabe que es una sobreviviente. Mónica Mateos está en la sala de prensa de la Feria Universitaria del Libro UANLeer (celebrada en marzo pasado en el Colegio Civil de Monterrey). Sonríe con el brillo de sus ojos tras sus lentes y su actitud es propia de alguien enamorada de la vida. Ha dejado momentáneamente la redacción de La Jornada, periódico donde colabora, y alista la presentación de su libro ‘Mariposa Negra. Diagnóstico: tumor cerebral’ (UANL, 2023), el cual es una crónica en primera persona de su padecimiento y crítica fundamentada ante las carencias del sistema médico mexicano.
El nombre del volumen se le ocurrió cuando uno de sus médicos le permitió ver la tomografía de su cerebro. Mónica observó los huecos claroscuros que formaban a la mariposa, justo en el centro de la imagen. Ante lo desconocido le invadieron las preguntas: ¿Qué habita en ese espacio de silencio? ¿Será residencia del alma humana? ¿Del conocimiento del mundo? La autora señala a su libreta, dice que ahí anotó todas las cosas que le decían los doctores.
“Precisamente cuando fue la pandemia y al estar escuchando al doctor López-Gatell todos los días, consideré que un libro como este sí era necesario para estar informando a todas las personas que pasan por lo que yo pasé. Claro, esto fue hace diez años. Lo primero que encontré fue una superdesinformación y esta te causa una incertidumbre tremenda. Al mezclarse con el miedo que tienes cuando te diagnostican una enfermedad rara, extraña, grave o crónica, la desinformación es algo que acrecienta tu malestar, tu enfermedad”.
A partir de un suceso personal, la reportera acudió a sus instintos profesionales para recaudar datos todos los días. Considera que la misión de todo periodista es generar un servicio al lector, por eso publicó los primeros retazos de este texto en su blog. Allí denunció la corrupción y trató de compartir instrucciones, experiencias, despejar el mal diagnóstico de la ignorancia y recetar consejos para sobrevivir en los nosocomios.
“Me imagino este libro en las salas de espera, con alguien a quien le dicen: ‘Usted tiene un tumor en la cabeza’. La primera pregunta es: ‘¿Me voy a morir?’ […] Los otros pacientes con los que hablé me decían: ‘Prefiero que me digan lo que tengo (la información) a que me lo oculten’ y eso es uno de los principales pilares del libro”.
Mónica habla con voz periodística y aclara: un tumor en el cerebro no es sinónimo de cáncer. El suyo era benigno. La autora señala que la mayoría de los términos médicos son crípticos para la población en general, como si se codificaran en lengua extranjera, extraña. Macrodenoma hipofisiario no funcionante fue el diagnóstico que le notificó la presencia del tumor.
Ante las dudas acudió a su oficio. Entrevistó a los doctores tras las consultas. Uno de ellos le afirmó que los neurocirujanos se encargaban de matar a la muerte. Pero aún ignora la razón de llamar benigno al tipo de tumor que ella padeció. Si un tumor no es sinónimo de cáncer, benigno tampoco lo es de inofensivo. De ahí la importancia de que los periodistas se interesan por la fuente de salud y pueblen con este tipo de reportajes a los medios de comunicación.
“Vi también muchos casos de tumores benignos que te dan convulsiones o los pacientes se quedan ciegos, por ejemplo. Entonces, sí, empecé a jugar con esas palabras. Creo que ahí también empezó un sueño dorado que es hacer literatura haciendo periodismo”.
Tras su cirugía en Ciudad de México, la ruta siguió en Guadalajara, donde se atendió con un tratamiento con láser para eliminar los restos del tumor. Su periplo se acompañó de historias. En las salas de espera y los cuartos de hospital convivió con otras realidades. Los pacientes se abrieron con ella, le contaban sus odiseas y las penurias que tenían que pasar para lograr ser atendidos. Sobresale don Anselmo, quien a pesar de estar en silla de ruedas y ser desahuciado al tener un gioblastoma multiforme, un tumor gigante no operable, le otorgó una frase que todavía tatúa su pensamiento: “La vida sigue, ¡qué desahuciados ni qué ocho cuartos! La vida sigue, mija”.
“Híjole. Eso es lo que a todo mundo le digo. Hace poco le diagnosticaron cáncer de esófago a un amigo de la infancia. Le di mi libro y le digo: ‘Ve lo que dice ese señor’. Siempre les cuento lo que dice don Anselmo. En ese momento (cuando conoció a don Anselmo) me estaban dando radiación y sí me sentía mareada, me daba calor, no podía salir al sol porque la cabeza se me ponía caliente, horrible, como insolación. Pero veo al señor este y digo: ‘No tengo nada, estoy respirando, estoy aquí’. Y es que de veras, la vida sigue.”