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Recuento

En 2015 Higinio fue reconocido en el certamen nacional de cuento El viejo y la mar, la historia con la que participó es uno de los textos que más ha corregido puesto que cambió el nombre del protagonista tantas veces como nietos le aparecieron al autor, ya que uno de ellos es el personaje central; acaso como muestra de complacencia tiene una versión para cada nieto. El viaje a Veracruz para recibir su premio, lo marcó, de tal manera que dejó un cardumen de crónicas de ida y vuelta, aquí una de éstas (HAEN):

HOY ESTUVE A LA ALTURA

Por Higinio Esparza Ramírez

Hoy estuve a la altura, levitando entre el cielo color de mar y el mar color de cielo.

A mis pies, el Popo, el Izta y el Pico, el primero con sus típicas fumarolas y los segundos coronados por la nieve eterna y nubes de algodón, quietas y ornamentales de un paisaje bucólico similar a los que pintan José María Velasco, el Dr. Atl o los impresionistas como Paul Cézanne.

Me recordó el paisaje las ilustraciones a todo color que aparecen en el libro de gran formato "México, una visión de altura", prologado por Carlos Fuentes.

El vuelo 201 de Aeroméxico marcó la pauta. Nos llevó a 33 mil pies de altura y nos mantuvo en suspenso, muy cerca del cielo.

En el aeropuerto internacional de la ciudad de México hubo transbordo. Un bimotor de la Armada de México enfiló hacia Veracruz y nos abrió la gloria.

Un tiempo despejado, tranquilo y sin lluvia, propicio para lanzar la mirada escrutadora hacia las lejanías del espacio. De pronto irrumpieron en esa visión los volcanes imperiales que nos dan identidad y orgullo.

Raramente vistos por neófitos como yo desde las inmensidades del espacio y en forma directa, generan asombro y hacen vibrar el disparador de la cámara Sony a través de la ventanilla.

La nave de dos motores diseñada para lanzar a los paracaidistas a los puntos críticos del mar donde se requiere su apoyo, pero en esos momentos acondicionada para transportar pasajeros ocasionales, parece deslizarse con lentitud y en sus ventanillas cuadradas se aproximan las elevadas montañas coronadas por la nieve cuya blancura abrillantan los rayos del sol que surgen del oriente.

El cielo azul está limpio, con pocas nubes y permite disfrutar el espectáculo: el Popo se delinea con absoluta claridad y emerge en el horizonte con figura inconfundible. A su derecha se extiende, recostada, su pareja legendaria: Iztaccíhuatl La Mujer Dormida, con un manto de nieve que la cubre de la cabeza a los pies.

Tembloroso por la emoción y en forma torpe, enfoco la cámara y los capto casi en línea recta porque el avión ya había avanzado bastante desde el punto inicial del encuentro y calmosamente comenzaron a alejarse de mi vista, hacia mis espaldas.

Una situación curiosa: los tuve de frente, el Popo a la derecha y el Izta a la izquierda; poco a poco, sin embargo, se fueron desplazando en giro las dos moles hasta quedar casi en línea recta. Aun así, el Popo reclamó atención mostrando sus fumarolas en forma de barquillo invertido emergiendo de su blanca boca, un fenómeno que nunca pensé disfrutar en vivo y desde el aire, no desde tierra como lo hacen los simples mortales.

Me reacomodo, satisfecho, cámara en ristre para captar el siguiente espectáculo celestial: el Pico de Orizaba, majestuoso y solitario. Se mueve también con parsimonia de oriente a poniente y se muestra esplendoroso en un firmamento despejado y de azul profundo acentuado por el sol naciente.

Pasa sin prisa la visión y opero la cámara para comprobar que sí tomé las fotos de los tres volcanes, una experiencia única en mi larga vida.

Efectivamente ahí están, en la memoria fotográfica, el Popo y el Izta, empequeñecidos por la enorme distancia que nos separa, pero bien visibles, las rodillas levantadas de la Mujer Dormida, sobre todo.

El Pico de Orizaba se halla más próximo a mis ojos y a los del aparato fotográfico. Surgen en un primer plano cadenas montañosas inferiores que parecen huestes vigilantes del coloso nevado.

De regreso acudí veloz a los laboratorios de revelado y obtuve las dos gráficas a todo color, con sólo un estorbo: el motor derecho de la aeronave invadiendo la parte superior de la escena. Faltó cuadratura a causa de mi inexperiencia en la toma de placas en el espacio.

Pero todo llega a su fin. El avión de la Armada nacional me llevó de regreso al aeropuerto internacional de la ciudad de México y Aeroméxico hizo lo mismo más tarde de ese domingo histórico y me pusieron en tierra.

Las dos fotos son, desde ahora, un tesoro. Trataré de que los expertos las amplíen sin deformarlas y eliminen el motor intruso y parte de la hélice casi invisible a causa de la gran potencia de giro. Las pondré en un cuadro, aquí, arriba de la computadora, para solazarme cada vez que aparte los ojos de la pantalla.

Los aviones de corto y largo alcance -sin saberlo- cumplieron una misión insospechada: me transportaron al cielo y me pusieron al lado de los volcanes emblemáticos, un privilegio para quienes no se duermen a bordo de las naves ni leen revistas o los best seller de moda como lo hacen los citadinos ampulosos más por exhibicionismo que por vocación a la lectura. Nunca miran hacia fuera porque se sienten importantes y desdeñosos ante la plebe que no despega los ojos de las ventanillas para curiosear entre las nubes, montañas y mares.

Un sueño trasladado a la realidad gracias a la acogida que me dio la secretaría Armada de México con su concurso nacional literario "El Viejo y el Mar" en su séptima edición: Me puso en las alturas.

24 mayo 2015.

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