Las cantinas se resisten a desaparecer. Algunas han mutado a antros, bares, restaurantes, pero hay un ingrediente especial que distingue a las cantinas que solían visitar los compañeros de la "vieja guardia", sobrenombre asignado a los reporteros de antaño, quienes usaban únicamente libreta de taquigrafía y una pluma para registrar los acontecimientos. Las visitas de los reporteros a las cantinas eran frecuentes, tenían sus lugares especiales, reservados, y eran ampliamente conocidos por el personal que les atendía. Entre trago y trago se escribieron abundantes historias, como la que esbozó Higinio en estos párrafos (HAEN).
Placeres que se evaporan
Lo que sigue no es para vanagloriarse pero resulta anecdótico y tal vez divertido y también sirve el texto para recordar a compañeros ya desaparecidos, bromistas, dicharacheros y aventureros de la noche, copas encima y un aguante de toros de lidia, viejos pero todavía vigentes antes de que se los llevara la Parca por edad avanzada.
La afición a la bebida tampoco es censurable pues bien controlada es disfrutable y da motivo para crear nueva amistades que generalmente desembocan en una relación fraterna y de compadrazgo.
-Hermano, tómate una copa; va por mi cuenta, -le dice uno al otro atrapado ya en los placeres del alcohol con cerveza, muchas veces se abrazan, lloran o cantan; de entrada intercambian bromas y chistoretes luego entran a la parte seria, la de confiarse los problemas del hogar y del trabajo, plantear proyectos de superación mientras ríen constantemente y repiten, eufóricos, rondas de cerveza, tequila, brandy o coñac.
Alrededor de las copas surgen las remembranzas, los malos y buenos recuerdos y al principio de las sesiones etílicas hay relajamiento y un cierto orgullo por formar parte de las convivencias de cantina. La plática se hace interesante, se escucha a los interlocutores con aparente seriedad e interés y se expresan deseos de solidaridad, aunque al día siguiente nadie se acuerde de lo sucedido y menos de los compromisos contraídos ante las copas y los vasos espumosos. Los placeres, en consecuencia, se volatilizaron luego de las 24 horas requeridas para recuperar una existencia libre de los nubarrones de la inclemente "cruda".
Pero así es el alcohol: nos pone alegres por el momento y al día siguiente, eliminados los efectos del consumo sin medida, volvemos a ser las personas formales y serias que no conviven con extraños y mucho menos los invitan a su casa.
Hay un cambio radical de la personalidad de un ambiente a otro y la supuesta vergüenza por los excesos se traduce en un arrepentimiento fingido que dura unos cuantos días hasta que se acercan el jueves, el viernes y el sábado, días de relajamiento tirando a la francachela. En los domingos se va a misa junto con la familia simulando inocencia y compromiso con los deberes religiosos.
La sociedad acepta a los moderados, no hay menosprecio ni censura y mucho menos si son escritores, intelectuales y periodistas con las mismas inclinaciones. Los que se extralimitan, en cambio, enfrentan broncas con la mujer y los hijos, una situación que muchas veces desemboca en el divorcio.
No es condenable la convivencia propiciada por el alcohol, e instituciones como el museo Arocena la exalta con un documental que muestra a las cantinas más populares de Torreón, algunas centenarias ligadas a la historia regional. En el video aparecen discretamente meseros, cantineros y clientes, así como barras, fachadas y los nombres clásicos: La Terminal, La Sevillana, La Eléctrica, Las Naves de Colón, El Nopal, El Gato Negro, Versalles, Rívoli, Francia, París, La Rivera, Madrid, El Congreso, El Trueno y muchas más que son parte de la identidad de los viejos laguneros fanáticos de las bebidas que alivianan.