El corazón de Higinio Esparza Ramírez dejó de latir el 16 de junio de 2022. El presentimiento del deceso lo persiguió un tiempo y de ello escribió en algunas ocasiones hasta que se volvió una realidad. Cada mañana sin falta y sin mediar café aún, caminaba de la cama a la computadora para emprender el viaje a sus recuerdos y sus sueños. Anécdotas profesionales, vivencias de la infancia, pasajes jocosos están grabados en el disco duro de su computadora ahora silenciosa. El Siglo de Torreón, su primera casa, abre el espacio para que nuevamente se escuche el golpeteo de sus dedos sobre el teclado, lo cual agradece la familia y estamos seguros que sus lectores también. Aquí comienza el Recuento de la pluma latente de Higinio (HAEN).
YO LO HAGO UN ESCRITOR, NO TENGA MIEDO
Por Higinio Esparza Ramírez
Con su impresionante belleza doña Olga puso en mis manos un viejo libro intitulado 24 horas de la vida de una mujer, una novela escrita en 1916 por el poeta Stefan Zweig, un austriaco hijo de padres hebreos nacido en Viena en 1881.
-Haga un extracto y me lo entrega para publicarlo en El Siglo Nuevo. Le doy tres días: uno para que lo lea y los otros dos para que lo comprenda, ordenó.
-¡Ah caray!, repuse y enmudecí un tanto nervioso y confundido. Tomé con delicadeza el libro; su portada y algunas hojas de tono amarillento se hallaban sueltas y muy deterioradas -y lo están todavía; así lo tengo otra vez en mis manos-. No lo abrí en ese momento pues no conseguía asimilar una encomienda de tan altos vuelos literarios.
-Yo solo puedo redactar -y muy mal por cierto- la nota policíaca, las corresponsalías y los boletines que envía la presidencia municipal, argumenté en defensa propia.
-Nada nada, lo escribe y punto.
En aquel inolvidable encuentro en su oficina adornada con sobria elegancia, mis escasas luces no permitieron que entendiera y valorara la propuesta; literalmente huí y me refugié en el escritorio de la sala de redacción.
No me buscó ese día pero sí el otro:
-¿Cómo vamos? urge la sinopsis. No lo olvide -y solícita explicó: -La historia trata de una anciana señora que revela una antigua pasión generada por un muchacho joven a quien salvó del suicidio por deudas de juego. Fue una mujer otoñal que se enredó en un extraño idilio, pero ya no le sigo y colgó el intercomunicador.
Sufrí de veras con el texto y hasta ahora no sé cómo resumí una historia tan apasionante y singular. A mi compañero Claudio Martínez Silva no le gustó el resumen -no le entendí fueron sus palabras textuales- pero doña Olga sí y lo publicó en el suplemento cultural de El Siglo de Torreón fundado por ella.
Pero la dura piedra cerebral no se abría ni comprendía; se conformaba por ser una más del promontorio reporteril cuyos únicos afanes consistían en ganar la nota del día y redactarla en la mejor forma posible y entendible. Su publicación puntual era su mejor recompensa.
Las palabras de la Gran Señora -así la recuerdan sus asistentes y colaboradores- me alentaron y motivaron, no en esos tiempos inmediatos, sino varios años después cuando la semilla sembrada por ella por fin comenzó a germinar y a superar las reticencias de un simple mecanógrafo metido a reportero.
-Yo lo hago un escritor, no tenga miedo -recuerdo que me dijo.
Gómez Palacio, Durango, octubre de 2016