Ni siquiera por simple, puedo acabar con la danza de dos pensamientos que tiene lugar dentro de eso que podría ser mi mente o conciencia.
No me molestan por su contenido elemental, sino por provocar mi frustración al observar que ni por sencillos parecen entenderlos algunas personas.
Tan obvio es que en cualquier sitio de la tierra la risa se escucha igual y que las lágrimas tienen el mismo sabor, que me golpeo contra la pared de la desvergüenza que finge ignorarlo.
¿Por qué si el gozo y el sufrimiento son parte de la esencia que a todos los seres humanos hace iguales, en buena parte de México sigue desdeñándose el servicio de bomberos, no así el lucro político con su imagen?
Hoy es tiempo de dejar atrás el intento de purificar a la conciencia omisa equiparando al bombero con un mártir, asumiendo como admirable el riesgo magnificado al que lo expone su precariedad, o enalteciendo ante sus deudos su recuerdo, en lugar de asumir con vergüenza la responsabilidad de profesionalizarlo, equiparlo y recompensarlo acorde a la importancia de su tarea para salvaguardar vidas y propiedades.
Es momento de que cese la demagogia que dice elevar a los altares al pobre o desvalido, mientras que las graciosas majestades del reino de la simulación democrática destinan para esos cuasi santos apenas dádivas o limosnas, en actos que acreditan el poder de quien da y confirman la sumisión de quien recibe alejado de soluciones de fondo.
Vienen a mí evocaciones recurrentes del periodo en el que traté de empujar, evidentemente sin éxito, una máquina de bomberos cargada de agua y equipo para que arrancara, tras recibir una llamada que reportaba el incendio de casas de madera y no había una sola unidad disponible, siniestro que a la postre terminó con el hogar de 50 familias…
O las de ese inacabable pensar en "si fueran mis hijos", cuando una tarde la radio reportó el incendio de una casa en el área de Aztlán, en el norponiente de Monterrey, donde al parecer había niños atrapados, y lo único que se pudo hacer fue pedir al personal que combatía el fuego en un terreno baldío en la colonia Brisas, en el sur de la ciudad, que recogiera la línea y atendiera el nuevo reporte atravesando buena parte de la mancha urbana.
Con esa carga o aliciente, de acuerdo al punto de vista que se prefiera, acudí el viernes 17 de este febrero al "Sexto Foro Regional para el Fortalecimiento Formativo de los Bomberos Mexicanos y su Reconocimiento dentro del Marco Jurídico Nacional", convocado a través de la Delegación Nuevo León de la Asociación Mexicana de Jefes de Bomberos y donde hubo representantes de esa entidad, Coahuila y Tamaulipas.
Participé sin más representación que la propia, que es la de un ciudadano convencido de que brindar un servicio de bomberos al nivel de los mejores del mundo, no es un asunto que tenga que ver con la realidad económica nacional, sino con el compromiso del gobierno y la sociedad con la vida humana.
Ahí propuse reformar por adición el artículo 115 constitucional, de tal manera que se agregue el de bomberos a los servicios públicos a cargo de los municipios con determinado número de habitantes y recursos presupuestales, puesto que al no integrarlo mantiene hoy abierta la puerta para la evasión de la responsabilidad de proporcionarlo o para hacerlo de manera discrecional.
Asimismo, planteé integrar en el marco jurídico con relación a ese servicio, el concepto de responsabilidad compartida, como lo hace la Ley General de Bomberos de Colombia, que en su artículo primero señala:
"La gestión integral del riesgo contra incendio, los preparativos y atención de rescates en todas sus modalidades y la atención de incidentes con materiales peligrosos es responsabilidad de todas las autoridades y de los habitantes del territorio colombiano, en especial, los municipios, o quien haga sus veces, los departamentos y la Nación".
Resulta inaceptable que la vida de las personas pase a segundo plano en la jerarquización del gasto gubernamental, igual que lo es admitir la existencia de la desvergüenza de destinar recursos públicos a tareas accesorias, antes que a evitar la muerte, el dolor y la pérdida del patrimonio de un semejante.
La vida y dignidad del hombre son motivo de respeto universal, pensamiento tan simple como desesperado por encontrar respuesta en nuestro país.
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