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Con mi toalla en la mano

CARLA FARÍAS.-

Tengo el recuerdo como si hubiera sido ayer. En realidad, fue hace 25 años. Cursaba primero de secundaria en una escuela de jesuitas. Mi primer encuentro escolar con varones, ya que yo venía de una primaria dirigida por monjas y que era para niñas exclusivamente. Aun así, nos habían platicado muy vagamente sobre "la regla" por que Miss Rebeca nunca le llamó por su nombre: Menstruación.

En la escuela de los jesuitas, donde mi salón me parecía una jungla, con niños burlones y juegos rudos, no tenía idea de qué pasaría el día en que llegara mi menarquia. Finalmente, sucedió en unas vacaciones de Navidad y todo fue digamos que "normal".

Salí del baño de casa de mi abuela y llamé a mi mamá a la recámara. Estando ahí le mostré mi pantaleta con dos gotitas muy sutiles de sangre y le pregunté: "¿esto significa que ya "me bajó" mamá?" Y ella con la cara iluminada de emoción (lo cual a la fecha no logro entender) me contestó de inmediato: "¡sí hija! Ahorita te consigo unas toallas y te digo cómo ponértelas".

Entonces me senté en la cama de mi abuela esperando a mi madre con las famosas toallas. Cuando regresó con el paquete venía acompañada de mi tía Susy (hermana menor de mi mamá que siempre ha sido "la tía cool" para mí y todos mis primos y primas) me entrega el paquete y me dice: "mientras fui por las toallas le conté a tu tía, no te enojas verdad?".

Y yo muy extrañada le contesté: "¿porqué tendría que enojarme?", mi mamá con el rostro aún más iluminado vuelve a preguntar: "¿entonces le puedo contar a más personas, como por ejemplo a tu papá, a tu hermana y a tus tías?". Y yo como la adolescente "valemadrista" que siempre fui le dije: "pues no creo a alguien le interese, pero tú le puedes contar a quien quieras".

Al momento de salir del baño tras haberme puesto la toalla torpemente y mal acomodada, toda la familia me veía diferente. Como con sonrisas de la "Mona Lisa" evitando tocar el tema pero curiosos y curiosas a mi reacción.

Al terminar las vacaciones, cuando ya todo vuelve a su rutina y normalidad, regresé a la escuela y mi única misión era averiguar cómo le hacían las demás niñas para salir del salón con la "vergonzosa" toalla en mano enfrente de todos aquellos niños burlones.

Por más observadora que fui, no lograba descifrarlo y sabía que me quedaba poco tiempo, pues mi ciclo vendría en un par de semanas más y yo aún no tenía idea de cómo lo resolvería.

Finalmente me acerqué a mi mamá de nuevo y le pregunté: "¿cómo le voy a hacer para llevar la toalla del aula de clase al baño sin ser evidente?".

Y a mi mamá se le ocurrió la bien intencionada (pero mala idea) de recomendarme desenvolverla y acomodarla en mi vientre, sostenida entre mi ropa interior y el short pegado que todas las niñas usábamos bajo la falda por si a algún simpático se le ocurría levantárnosla durante el recreo y vanagloriarse frente a sus amigos del triunfo de que los presentes nos vieran los calzones.

Así fueron los tres años de secundaria para mí. Cada vez que sospechaba que podía llegar esa dichosa "regla", me ponía la toalla entre el calzón y el short para poder salir del salón sin provocar sospechas.

Durante las vacaciones de verano, después de terminar el tercero de secundaria, algo cambió en mí. Ni siquiera recuerdo qué pudo ser. Probablemente me cansé del ritual de la toalla escondida entre las capas de ropa, o qué se yo. Al regresar a clases, ya era una alumna "grande" de preparatoria, con aires de saberlo todo (como cualquier adolescente) y cambié el ritual de la toalla escondida por mi nuevo método: sacaba la toalla de la mochila y alzaba la mano sosteniéndola orgullosa, pidiendo permiso al profesor o profesora para salir al baño, evidenciando ante todo el grupo a dónde iba y a qué.

Jamás se me negó la salida, y tomé ventaja de esto sobre todo con los profesores que al ver la toalla en mi mano levantada, se sonrojaban y apresuradamente contestaban: "vaya Farías, vaya" y desviaban la mirada.

En muchas ocasiones usé la toalla para salirme del salón a platicar con alguien o incluso durante algún examen para ir a leer tranquilamente mi "acordeón" y regresar con las respuestas frescas en mi memoria y obtener buena calificación.

Ningún maestro o maestra cuestionó jamás mis múltiples salidas con toalla en mano; tampoco jamás se preguntaron o incluso se preocuparon el por qué "reglaba tan seguido".

Siempre fue y es a la fecha un tema tabú (del cual yo tomé ventaja) pero no debería serlo. Así que cuando sea momento, yo platicaré con mi hija que hoy tiene tan sólo cuatro años, y le recomendaré que saque su toalla, su tampón o su copa menstrual sin miedo y sin tapujos. Esperando que las siguientes generaciones de niñas no tengan que preocuparse por disimular algo biológico, normal y natural como lo es La menstruación.

Porque como ya lo hemos dicho, menstruar es un asunto público , de salud y que saber del tema nos concierne a todas y todos.

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