Guiado por el instinto, el salmón demuestra a lo largo de toda su vida tres aspectos de su maravillosa esencia: determinación, fuerza y resistencia.
Desde el instante en que eclosiona, permanece en la cabecera del río para fortalecerse. Es todavía vulnerable y pequeño cuando emprende su primera travesía, atraído por las turbulentas aguas del mar. Allí debe sortear todo tipo de peligros. La eterna disyuntiva de su especie: Comer o ser comido.
Muchos mueren, sirven de alimento a numerosas especies más grandes. Afortunadamente, algunos aprenden a esquivar los peligros y logran llegar a destino.
Cuando alcanza la madurez, otra voz lo impulsa a regresar al lugar de origen. El sitio no está cerca, se encuentra a 16.000 km.
En ese regreso al lugar de partida el salmón no se alimentará durante todo el viaje. Su tamaño es descomunal, a medida que remonta, cada vez hay menos agua, debe dar saltos de hasta 3 metros para no estrellarse contra las piedras, nadar contra la corriente y esquivar a los osos que esperan pacientemente con sus garras abiertas.
Los machos y las hembras sincronizan todas sus actividades fisiológicas y reproductivas a un mismo tiempo, para emprender la segunda travesía. Una sincronía maravillosa. Los que sobrevivan encontrarán el mismo sitio en el que han nacido, allí desovan una sola vez en sus vidas.
El esfuerzo ha sido tremendo, han perdido peso, los hongos invadieron sus escamas. Morirán de agotamiento, no sin antes cumplir con un mandato ancestral: Asegurar la continuidad de la especie.
Cada hombre, a lo largo de su vida, emprende una travesía hacia su destino. Pero hay un momento, un instante, en el que se produce un viraje. Es el instante culminante en el que puede vincular el origen con el destino. Ahí está oculta y lista para germinar una semilla, al florecer le permitirá conocer su propósito y vivir su realización.
Somos salmones, viajamos con dirección al mar y un día regresamos al punto de partida.
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