Me acerqué al emperador, cabalgaba ojeroso y encorvado, absorto en sus pensamientos.
Juliano -dije- nuestros hombres nunca han luchado contra elefantes.
Se irguió con aparente esfuerzo y observó la cordillera. Luego me miró con una tenue sonrisa.
-Cesáreo, siempre preocupado, siempre planificando, ¿eh? Ojalá mis generales se interesaran tanto por mi bienestar como mi médico. Con tu ayuda conquisté la Galia y Germania. ¡Contigo a mi lado fui elevado a emperador! Los hombres están en su mejor momento. Parecen sabuesos ávidos de sangre persa. Esta mañana se han ofrecido tres bueyes en sacrificio a los dioses. Los presagios han sido favorables, los hígados estaban sanos. ¡Ahora los dioses están con nosotros! Volvía a divagar y me apresuré a calmarlo, no como un súbdito a su emperador sino como un amigo a un amigo.
- Llevamos ocho años juntos, desde que nos conocimos en Atenas. Dios ha sido bondadoso con nosotros. Los hombres están nerviosos y los caballos inquietos. El ejército carece de experiencia con semejantes bestias. Necesitamos un plan.
- No son más que animales. Hace trece años los persas utilizaron elefantes contra las tropas romanas en Nisibis. Mataron a muchos de nuestros hombres, pero luego las bestias enloquecidas, empezaron a correr entre los suyos y los aplastaron. Miré a través de la colina y observé que sobre cada elefante viaja un flaco indio, instalado precariamente sobre la nuca de la bestia. Cada uno lleva atado a la muñeca izquierda un clavo largo. Si el elefante pierde el control, el hombre se lo hunde en la nuca. Eso le fractura las vértebras y le produce la muerte.
- ¿Entonces cómo vamos a combatirlos?
Juliano cabalgó un rato en silencio antes de volverse hacia mí.
- Con cerdos. Dicen que los elefantes tienen pánico de los cerdos chillones. Los untaremos de grasa y los prenderemos fuego. Luego los enviaremos a correr enloquecidos entre las patas de los elefantes.
Me detuve a reflexionar sobre esta extraordinaria propuesta, preguntándome si estaba basada en hechos o era producto de la locura.
- Ya no nos quedan cerdos-repuse con cautela y no sin cierto alivio.
- En ese caso sólo nos queda esperar que se mantenga la tregua. Dioses y Legiones. En ocasiones, la locura y la cordura intercambian argumentos y pulsan sus cuerdas. Así dialogan en nuestra mente o con otros que actúan como alter egos.
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