La trascendencia es ir más allá de algún límite. Trascendemos cuando podemos superar las restricciones de un ámbito. La palabra refiere a una metáfora espacial (trans, más allá, y scando, escalar).
Trascender significa la acción de sobresalir, de pasar de dentro a fuera de un determinado punto de referencia, superando su limitación. Mientras trascendemos, nos superamos.
Lo opuesto es la inmanencia. Es la propiedad por la que una determinada realidad permanece encerrada en sí misma, agotando en ella todo su ser y su actuar. Es el ente intrínseco de un cuerpo. Una actividad es definida como inmanente a alguien cuando la acción perdura en su interior, cuando tiene su fin dentro de sí mismo.
Es un lago estancado que no fluye hacia ninguna parte, perece dentro de sus propios límites.
Todas las personas oscilan entre la inmanencia y la trascendencia. Esta tensión es inherente a la vida misma.
Nos sumergimos en lo inmanente mientras tenemos experiencias y podemos vivirlas con el agotamiento de la profundidad. Pero también es necesario aprender a trascenderlas, ir más allá.
Imaginemos el dolor de un duelo o el trauma de una vivencia dolorosa. Es necesario evitar la huida o la negación, sin embargo, sería poco saludable prolongar la estadía. La trascendencia es la resolución, la tramitación de eso que sentimos. Le dimos un cierre y de esta manera, no regresará a torturarnos con nuevos bríos.
Entonces, en este tránsito singular viajamos desde nuestros pequeños mundos hacia un universo más complejo.
Aprender a trascender las experiencias dolorosas, evitar permanecer en la inmanencia. Ese es uno de los enigmas que tratamos de descifrar mientras estamos vivos.
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