Y llego sin esperarlo, sin planearlo.
Llego como un regalo, como un llamado, como un encuentro, que me mantendría vivo, para perderme, para encontrarme, para vivir.
Y es que no podemos llegar al final de la vida en un estado perfecto, tenemos que llegar derrapando, sucios, cansados y medio muertos.
Y mi viaje a Bali fue justo así...
En realidad fue un viaje interno, profundo, de aceptación, de verdad, de inspiración, de reflejos, de alegría, de recuerdos, de aprendizaje, de intensidad, de amistad, de amor, de vida...
Y mi viaje no terminó en Bali con sus costumbres, sus colores, sus olores, sus comidas, sus personas, sus almas originales, únicas...
Tampoco terminó con la lectura de manos, las sanaciones, la renuncia, las montañas, los mares, los ríos, los monos, los templos, los sueños...
Ni con las sonrisas sin dientes, la energía, la madera, el café, el arroz, el bambú...
Mi viaje continuó increíble, cambiante, diferente, espectacular, a mi forma, a mi manera.
Mi viaje es y será mío, muy mío, solo mío...
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