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El deseo y el amor bajo la mirada femenina centennial

Un soliloquio escrito sobre el amor, la sexualidad y la idea del príncipe azul, escrito por una mujer de la generación Z

También navegan el enamoramiento de una manera más honesta, ligera y sin tantas reglas. Imagen Freepik copy

También navegan el enamoramiento de una manera más honesta, ligera y sin tantas reglas. Imagen Freepik copy

SOFÍA GAMÓN

Conocí al amor —o por lo me nos una percepción sobre él— cuando vi Cenicienta por primera vez. Tendría alrededor de cuatro o cinco años y, sentada frente a la televisión, me dejé llevar por los ratoncitos, los vestidos vapo rosos y la magia encapsulada en una zapatilla olvidada. En ese momento, el príncipe azul y el tan romántico beso quedaron relegados al fondo de mi mente.

Incluso ahora soy capaz de visualizar a la protagonista envuelta en el brillante polvo de su hada madrina, puedo tararear alguna de las canciones que acompañan los momentos más icónicos de su historia y, si cierro un poco los ojos, escucho el golpeteo del reloj indicándole que es hora de salir corriendo, dejando atrás a su repentino amado.

Blancanieves también fue una de mis princesas favoritas. La madrastra malvada me asustaba a tal punto que recuerdo a mis ma nos infantiles cubriendo mi rostro mientras esperaba impacientemente a que su aparición terminara. Pero, al final, una especie de ingenua satisfacción me invadía cuando su macabro plan contra la inocente Blancanieves era evitado gracias al beso del amor verdadero.

El número de mujeres Z que han estado con alguien de su mismo sexo y en tríos triplica y duplica, respectivamente, al de los hombres. Imagen Unsplash Alexander Mass
El número de mujeres Z que han estado con alguien de su mismo sexo y en tríos triplica y duplica, respectivamente, al de los hombres. Imagen Unsplash Alexander Mass

CUESTIONAR LA HETEROSEXUALIDAD MONOGÁMICA

Contrario a lo que pudiera parecer, crecí lejos de la búsqueda consciente de mi alma gemela, mi otra mitad o mi media naranja, aunque uno de mis placeres es des conectarme de la realidad viendo comedias románticas repletas de clichés y besos mágicos. Tal vez sea la semilla inconsciente que me dejó la manzana envenenada.

La idea del príncipe azul que aparece en el momento oportuno para salvar a la damisela en apuros es, básicamente, la cumbre del amor romántico. Diversas autoras lo describen como una construcción social y cultural que une a las personas de dos en dos, conformando una totalidad basada en el modelo heterosexual monogámico. En el imaginario colectivo, la cúspide máxima del éxito radica en encontrar pareja, casarse y tener hijos, lo que supondría tam bién un tipo de discriminación contra otras varian tes de amor no tradicionales.

Historias como Cenicienta o Blancanieves, con su estandarte de que el amor todo lo puede, cierran con el tan emblemático “vivieron felices para siempre” — léase, por favor, con una entonación pausada y dramá tica—. Pero no hay seguimiento, no sabemos qué pasa después, a qué se tuvieron que enfrentar, cómo fueron las cenas navideñas con las hermanastras o si las labores del hogar siguieron recayendo únicamente en la pelinegra. Temas como los pleitos ocasionados por la familia extendida, las dificultades emocionales del postparto o la disminución del deseo sexual son inexistentes. ¿Acaso no hay nada más allá del enamoramiento?

Sin embargo, buscar el origen de las cosas, alejarse de los cánones y replantear las estructuras impuestas por la sociedad parece ser el haz bajo la manga de la generación Z (mi generación). Los centennials, como también nos llaman, somos definidos como pragmáticos, socialmente responsables, conscientes de nuestra privacidad, nativos digitales y más abiertos a experimentar nuevas formas de relacionarnos.

El amor romántico deja de ser el único digno de ser buscado, abriendo espacio a la amistad, la familia y al amor propio. Imagen Unsplash Masha S.
El amor romántico deja de ser el único digno de ser buscado, abriendo espacio a la amistad, la familia y al amor propio. Imagen Unsplash Masha S.

EL ENFOQUE Z

Cuestionarme sobre el amor fue algo que hice desde que comencé a percibirme como parte de la colectividad: ¿Por qué decían que solo existe uno? ¿Tengo que besar varios sapos para en contrar al príncipe azul? ¿Por qué tengo que buscar mi otra mitad? ¿Qué pasa si prefiero el beso del sapo que del príncipe?

De pensar en un único amor, imaginé varios: no solamente el de pareja, sino el de mis gran des amigas, mi familia cercana y el propio. Me planteé el porqué necesitaba a un hombre para encontrar mi felicidad, como si mi cuerpo solo funcionara a merced de alguien más. Observé —y continúo observando— con detenimiento mi rol a cumplir y me alejé —o por lo menos lo intento— de los estereotipos que me son ajenos.

No es algo meramente personal. A diferencia de nuestros precursores, los millennials, los Z estamos más dispuestos a navegar las mieles del enamora miento desde una mirada más honesta, ligera y sin tantas reglas. El amor no es lo único que discutimos en los comentarios de algún TikTok o en nuestras reuniones mensuales, sino que también ponemos en tela de juicio la propuesta de la vida en pareja como máxima realización personal, así como la búsqueda del placer y cómo no necesariamente está vinculada con el “vivieron felices para siempre”.

En un estudio presentado por la agencia Archrival, en el que 250 jóvenes fueron entrevistados, se reveló que más del 80 por ciento considera que su generación está “rompiendo barreras y modernizan do maneras de tener citas”. Además, se consideran con un enfoque más positivo y experimental respec to al sexo que sus predecesores.

La libertad con la que nos apropiamos de nuestro deseo no es casualidad. El desarrollo de la tecnología y el avance a pasos agigantados de la globalización nos dieron las herramientas para vivir nuestros cuestionamientos —sobre la vida en general— tanto individual como colectivamente. De pronto, conforme crecíamos, las historias de amor a las que estábamos expuestos ya no radicaban únicamente en cuentos de hadas, sino en encuentros humanos cada vez más honestos.

Desde mis primeros enamoramientos fugaces e inocentes, recuerdo que la contundencia de un “para siempre” me resultaba agobiante y un tanto asfixiante. Incluso en esos momentos de adolescencia fresca y embriagadora, otro modo de experimentar aquello tan nuevo y atrayente me parecía digna de indagar.

Muchas jovenes se han cuestionado por qué tendrían que estar buscando a su otra mitad, como si estuvieran incompletas. Imagen Unsplash Nguyen Tp Hai
Muchas jovenes se han cuestionado por qué tendrían que estar buscando a su otra mitad, como si estuvieran incompletas. Imagen Unsplash Nguyen Tp Hai

LA NUEVA SEXUALIDAD FEMENINA

Con la revelación de los “te amo”, llegaron otras. Y como a mí, a muchas.

Redescubrirnos como seres sexuales, lejos del tabú y la vergüenza impuesta, es otro de los grandes logros de nuestra generación. Por ejemplo, los resultados del estudio Decodificar a la generación Z: In forme global sobre no monogamia, sexo y privacidad, reflejan que las mujeres ya no basan su sexualidad en la culpa, como sucedía anteriormente.

De dicha publicación, la psicóloga Lara Ferreiro rescata: “Se manifiesta en que el dato de mujeres Z que asegura haber mantenido relaciones sexuales con personas de su mismo género triplica al de los hombres […] Y también sucede que el dato de las mujeres de esta generación que ha probado otras prácticas sexuales como los tríos duplica al dato de los hombres de su misma generación”.

Nos sentimos más cómodas con la no monogamia. Esto no precisamente implica que la practiquemos en su totalidad, pero el saber que existe la posibilidad nos abre un camino que durante tanto tiempo se nos negó. Nos permitimos imaginar otros mundos: amar sin etiquetas, ser dueñas de nuestros cuerpos, de nuestros orgasmos, de la percepción que tenemos sobre nosotras mismas.

Explorar nuestra sexualidad ya es parte del día a día. Hemos normalizado —¡y qué bueno!— cuestionar al género binario como imposición política y cultural, creando cada vez más rutas para descubrir quiénes somos y la forma en la que queremos enfrentarnos al mundo. Y lo hacemos con ojos sinceros, un corazón terco y unas manos que viajan con ternura hacia otros cuerpos, siempre buscando más.

Ya no esperamos que nos rescate el príncipe azul, sino que solucionamos solitas nuestros problemas y, si llega, lo despojamos de su armadura, de su título nobiliario y le explicamos con detenimiento qué es lo que queremos. Porque, así como dicen en uno de mis musicales favoritos, “un buen orgasmo no nos cambia la vida, pero sí la manera en la que la vemos, al menos por unos minutos”.

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