Edificio DL1310 en CDMX, de Michan Architecture. Imagen: Rafael Gamo
¿Qué esconde un nombre? En una frase atribuida al filósofo George Steiner —“lo que no se nombra no existe”— se encuentra la certeza de que el lenguaje no solamente designa, sino que re vela; describe y concede presencia. Nombrar es un acto de reconocimiento que transforma lo invisible en visible. Lo que se silencia se escucha, lo que está disperso se conforma. El lenguaje se convierte entonces en un territo rio donde el mundo comienza a ser.
En la década de los ochenta surgió con ma yor intensidad el impulso de verbalizar lo que durante siglos había permanecido al ras del discurso. Grupos minoritarios, diversidades e ideologías históricamente hechas a un lado empezaron a existir en el espacio público mediante el simple hecho de ser habladas. Desde entonces, al nombrar algo, llevamos a cabo un gesto político, le damos lugar en el mundo y se abren infinitas posibilidades a la conciencia.
Sin embargo, no todos conciben el nombre como un punto de partida inmediato. El analista social estadounidense Mark McCrindle sostiene que las etiquetas no deberían imponerse en un momento arbitrario de la historia. El caso de la llamada generación millennial es un claro ejemplo. Fueron llamados así debido a una coincidencia cronológica: haber alcanzado la adultez con el cambio de milenio, pero esta circunstancia por sí misma no define la complejidad de toda una generación. Para el demógrafo, las denominaciones no son decretos, sino que se construyen con el tiempo y las experiencias compartidas.

¿QUIÉNES SON LOS CREATIVOS DEL FUTURO?
Quienes nacieron entre 1995 y 2009 conforman lo que hoy llamamos generación Z o centennials. Ellos representan aproximadamente el 23 por ciento de la población mundial: casi una cuarta parte del planeta respira dentro de este mismo intervalo de experiencias. Jóvenes inmersos en avances tecnológicos vertiginosos, cambios sociales profundos y la amenaza constante del colapso climático. Para ellos, las fronteras son difusas, la conectividad es una forma de vida natural, el trabajo remoto y los dispositivos digitales son una extremidad del cuerpo. Han aprendido a habitar un mundo simultáneo, hiperconectado y también muy inestable. Aunque muchos son todavía adolescentes, la mayoría se encuentra entre sus veintes y sus treintas, lo que los hace una fuerza no sola mente laboral, sino ética, social y comunitaria. Son conciencia en formación. La realidad para los centennials no es un destino que está escrito en piedra, es una materia que puede moldearse y adaptarse.
Las redes sociales, las marchas recientes y los intereses que se han documentado de este grupo poblacional señalan un inclinación hacia la búsqueda de equilibrio entre lo personal y lo laboral, el cuidado del planeta y estrategias para una buena salud mental.
No sorprende, entonces, que la industria creativa, la arquitectura y las artes sean luga res naturales para esta generación: disciplinas donde la flexibilidad y el dinamismo son parte de lo cotidiano. Estudiar arquitectura, sin embargo, no es un trayecto fácil. Se requiere resistencia mental y hasta física, y en este sentido vale la pena recordar una tendencia que se hizo viral hace poco —a razón del fin de curso en las universidades, cuando los exámenes, proyectos y las tareas se condensan—: un llamado a no normalizar el dejar de dormir en tiempos de entregas finales.
Más allá de lo que implica ser estudiante de cualquier disciplina creativa, lo que distingue a estos jóvenes es su giro hacia lo social, su interés por el contexto, la colectividad y los procesos participativos. Hay un esfuerzo en arquitectos y diseñadores emergentes de diversas regiones por ampliar los panoramas y poner la atención fuera del centro de México. Descentralizar el diseño.
Además de lo anterior, la inteligencia artificial (IA) también se ha convertido en una práctica cotidiana. Según una encuesta de Deloitte, firma global líder en servicios profesionales en el mundo, la adopción de herramientas de IA aumentó en un 60 por ciento entre la generación Z y en un 48 por ciento entre los millenials. Sin embargo, estos grupos no buscan solamente dominar herramien tas digitales, sino que, adicionalmente, buscan cultivar valores como la empatía, el liderazgo y el desarrollo de habilidades interpersonales —las llamadas habilidades blandas.
En esta misma línea, Mariana V. Amatullo, recientemente nombrada Decana del Tecnológico de Monterrey, advierte: “nuestras disciplinas se en frentan a las fuerzas críticas que marcan la comple jidad del presente: la violencia política, las guerras, la crisis climática, la desigualdad social y las tensio nes propias de la era digital”. Su llamado converge en algo urgente: regenerar los territorios mediante soluciones innovadoras desde el diseño.

EN AMÉRICA LATINA
La revista Architectural Digest ha trazado, durante más de tres décadas, un mapa simbólico de lo mejor de estas disciplinas. La reciente edición “AD México y Latinoamérica 2026”, con su selección AD100, reúne a los cien despachos y creativos más relevan tes de la región. Aunque aparecen figuras amplia mente reconocidas en el mundo (Bjarke Ingels de Dinamarca, Ma Yansong de China o diversos despa chos como Assemble de Reino Unido y Wee Studio también del país oriental), es el trabajo local lo que hilvana la conversación entretejida por la lista. Así pues, este AD100 es un inventario donde se com parte sensibilidad y arraigo. La defensa de lo local, la creación de experiencias únicas, el diálogo con el entorno, la visión horizontal del diseño y el cuidado del planeta son prácticas que se perciben en esta an tología donde la generación Z es protagonista.
Los nuevos arquitectos integran diversidad de influencias y, por medio del outsourcing, modelan espa cios desde su concepción hasta su ejecución, logrando presentar soluciones que conectan emocionalmente. Los despachos contemporáneos trabajan bajo modelos de colaboración que no se limitan a buscar la funcionalidad como en épocas anteriores. No se trata solamente de di señar edificios funcionales, sino formas de habitar.
Ejemplos concretos de todo lo anterior son: COMUNAL: Taller de Arquitectura, reconocidos por la Architectural League de Nueva York; S-AR, equipo originario de San Pedro Garza García, Nuevo León, que se enfoca en la arquitectura social; Aagnes, desde Guadalajara, conformado por un grupo de jóvenes que exploran la luz y los materiales como quien compone una experiencia casi fenomenológica, invitando al silencio y a la pausa; AD-HOC, cuyo aprecio por el patrimonio material de nuestro país los lleva a explorar diversas formas de pro yectarlo hacia el futuro con sentido humano y atemporal.
Si bien los centennials se enfrentan a desafíos constantes tanto en su vida laboral y personal como en el contexto global, los ejemplos antes mencionados muestran que, desde el diseño y la arquitectura, existe una voluntad y un interés por dignificar la vida de las personas, de recupe rar los entornos y de volver habitables nuestros espacios y nuestras ciudades. La generación Z, entonces, es más que una etiqueta y un nombre, es un esfuerzo por volver a lo humano ¿Retos? Sí, innumerables, pero sólo el tiempo nos dirá cómo estos jóvenes atravesarán esta realidad a veces kafkiana que con frecuencia nos acorrala. Quizás al nombrarlos y reconocerlos ya comienza a abrir se el espacio desde el cual puedan transformarla.
argelia.davila@uadec.edu