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Aplicar las dinámicas del mercado a las relaciones afectivas

Hecho en China: el amor en tiempos de consumismo

Imagen: Oscar Wong

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JESÚS CERVANTES

En la era de la “cultura desechable”, donde auriculares, cargadores y prendas se sustituyen tan pronto como fallan, la lógica del consumo rápido se ha infiltrado también en nuestros vínculos amorosos, que se vuelven efímeros y fácilmente reemplazables.

De un tiempo acá, todo parece estar diseñado para durar poco: audífonos que dejan de funcionar a las pocas semanas, cargadores que se rompen con el primer jalón, camisetas que pierden forma tras un par de lavadas. Son objetos accesibles y fáciles de sustituir. Los compramos sabiendo que su vida útil no será demasiado larga, pero también sabiendo que no importa: cuando fallen, bastará con entrar a la tienda en línea de nuestra preferencia y adquirir otros. Muchos de estos productos llevan la misma etiqueta: Hecho en China, una frase que, más que señalar un origen, resume una forma de producir y consumir que privilegia la rapidez, el bajo costo y el reemplazo inmediato. 

El problema es que esa lógica no se quedó confinada en el mundo de los objetos. Las relaciones amorosas responden a la dinámica de la cultura en la que se inscriben: el contexto social, económico y tecnológico contemporáneo —marcado por la inmediatez, la ubicuidad y la liquidez— atraviesa la manera en que entendemos, vivimos y sostenemos nuestros vínculos afectivos. De esta manera, el amor parece replicar la misma organización de la vida cotidiana: rapidez, reemplazo y una aparente facilidad para desechar aquello que deja de cumplir su función. 

DESECHAR

El ciclo de producir, comprar, usar y desechar es una herencia del capitalismo occidental. Sin embargo, en las últimas décadas, China se ha consolidado como uno de los principales engranajes del sistema económico global, capaz de fabricar desde tecnología altamente sofisticada hasta mercancías pensadas para una circulación rápida. Dicho de otra forma, el país entendió el consumismo y lo ha llevado a su máximo potencial. 

Es necesario señalar que no todo lo hecho en China es de mala calidad, ni todo está destinado a ser desechable. Sin embargo, en el imaginario cotidiano, la etiqueta “Hecho en China” suele asociarse con artículos accesibles y de consumo veloz, no por una característica cultural, sino porque eso es lo que el mercado global demanda.

Los habitantes del resto del mundo elegimos esos productos porque queremos rapidez, disponibilidad y bajo costo. En ese deseo hay algo profundamente revelador: lo inquietante no es el modelo productivo en sí mismo, sino la naturalidad con la que lo hemos adoptado como forma de vida.

Las relaciones parecen cada vez más breves, más frágiles y más fáciles de abandonar. El compromiso se percibe como una carga, el conflicto —por leve que sea— como una señal de alarma y la incomodidad como motivo suficiente para retirarse. En este contexto, el sociólogo Zygmunt Bauman planteó a principios de siglo el concepto del amor líquido: vínculos que se construyen como una conexión más que como una relación, encuentros que no exigen un proyecto común y que pueden disolverse sin demasiadas consecuencias.

No es que ya no se quiera amar, es que se hace priorizando la facilidad del desprendimiento. Así como desechamos un objeto cuando deja de funcionar como esperamos, tendemos a deshacernos de aquellos vínculos que dejan de satisfacer de inmediato nuestras expectativas. El amor, entonces, comienza a operar como un producto más dentro del mercado de experiencias.

Zygmunt Bauman define el amor líquido como aquel en el que no se busca un proyecto común y, por lo tanto, se puede disolver fácilmente. Imagen: Freepik
Zygmunt Bauman define el amor líquido como aquel en el que no se busca un proyecto común y, por lo tanto, se puede disolver fácilmente. Imagen: Freepik

REEMPLAZAR

En esta misma línea, el filósofo y divulgador argentino Darío Sztajnszrajber ha insistido en que el amor contemporáneo se encuentra profunda mente atravesado por la lógica mercantil. Elegimos, comparamos, probamos y descartamos. Buscamos que el lazo afectivo sea funcional, rentable y eficiente. Cuando deja de serlo, la salida parece sencilla: reemplazar. El otro se convierte, muchas veces sin que lo notemos, en un objeto evaluable más dentro de un catálogo infinito de posibilidades.

Esta forma de vincularnos no surge de la nada. Está sostenida por un contexto cultural que nos enseña que siempre puede haber algo mejor: una mejor oferta, una “mejor” persona. Permanecer con alguien implica renunciar a otras posibilidades y esa renuncia se vive como pérdida.

Las aplicaciones de citas son, quizá, el ejemplo más evidente de este fenómeno. No es que sean inherentemente negativas, sino que operan bajo una dinámica muy similar a la del mercado digital: perfiles que se deslizan, opciones que se comparan, decisiones que se toman en segundos. Como ocurre con las plataformas de streaming, pasamos largos periodos buscando algo que nos convenza, sólo para terminar insatisfechos o abrumados ante la abundancia de posibilidades. Mucha oferta no necesariamente resulta en mejores elecciones; en ocasiones genera cansancio, tedio y desapego.

Así, los lazos se vuelven frágiles porque el contexto nos enseña que no vale la pena sostener aquello que deja de ser cómodo. El conflicto o la diferencia, lejos de entenderse como parte constitutiva de la relación, se interpretan como señal de fracaso. En lugar de trabajar para superar los problemas, se opta por cambiar de “objeto” amoroso, como quien cambia de teléfono cuando el anterior comienza a fallar.

En este punto, China reaparece como espejo incómodo. No exporta por sí sola una lógica de consumo; somos nosotros quienes la demandamos y la sostenemos. Del mismo modo en que consumimos productos pensados para durar poco, pareciera que hemos aprendido a consumir relaciones rápidas, intensas y fácilmente sustituibles.

CUESTIONAR

No se trata de idealizar el pasado ni de afirmar que “el amor era mejor antes”. Las relaciones de otros tiempos también estuvieron atravesadas por violencias, desigualdades y silencios impuestos. Tampoco se trata de demonizar la tecnología o las transformaciones culturales contemporáneas. El problema no es la actualidad, sino la manera acrítica en que trasladamos sus lógicas a todos los ámbitos de la vida.

Quizá valdría la pena preguntarnos qué ocurre cuando tratamos a las personas como mercancías evaluadas bajo criterios de eficiencia y satisfacción inmediata. ¿Qué perdemos cuando dejamos de concebir el amor como una construcción consciente, imperfecta y necesariamente conflictiva? ¿Qué tipo de soledad se produce cuando todo es reemplazable?

Mientras sigamos amando como consumimos —rápido y sin intención de reparar—, seguiremos preguntándonos por qué las relaciones no resisten el paso del tiempo. Pero antes, valdría la pena retroceder un poco y preguntarnos para qué queremos que sean más duraderas. Quizá en esa respuesta encontremos el sentido de reconfigurar nuestra forma de vincularnos… o no.

No es que se haya perdido la capacidad de amar, pero sí la capacidad de ser críticos y aceptar el amor como una construcción consciente. Imagen: Unsplash/ Anastasia Vityukova
No es que se haya perdido la capacidad de amar, pero sí la capacidad de ser críticos y aceptar el amor como una construcción consciente. Imagen: Unsplash/ Anastasia Vityukova

j.cervantes@uadec.edu.mx 

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