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ARQUITECTURA

Hermandad urbana entre Torreón y Monterrey

Arquitectura norestense: encuentro del desierto, el valle y la montaña

El clima árido y la alta insolación son factores que deben tenerse en cuenta para la arquitectura del desierto. Imagen: Luis Enrique Moreno Castruita

El clima árido y la alta insolación son factores que deben tenerse en cuenta para la arquitectura del desierto. Imagen: Luis Enrique Moreno Castruita

JESÚS TOVAR

La Laguna y la capital de Nuevo León tienen raíces culturales en común y sus climas semiáridos exigen soluciones propias que no imiten modelos extranjeros. Su desarrollo urbano debe cimentarse sobre la fusión de tradición y modernidad para crear obras que trasciendan fronteras.

Dedicado a mi abuelo Jesús Rendón Treviño, que descansa al pie del Cerro de la Silla.

Este texto formó parte de la conferencia grupal La regeneración urbana y la arquitectura de Torreón, llevada a cabo el 3 de noviembre del 2025 en el Museo de Historia Mexicana de la ciudad de Monterrey, Nuevo León, y convocada por la Academia Nacional de Arquitectura, institución de gran prestigio fundada en 1978 por Mario Pani y que promueve lo mejor de esta disciplina en México.

SER NORESTENSE

Coahuila y Nuevo León comparten gastronomía, tradiciones, costumbres, arquitectura y un urbanismo que son muy similares. De hecho, podríamos hablar de una cultura norestense que incluye también a Tamaulipas y a Texas, Estados Unidos. Es factible, incluso, ampliar ese microcosmos hacia Nuevo México, Arizona y California, tomando en cuenta que el río Bravo hay que verlo como una amplia costura —y no una barrera— que hace más firme y más estrecha la relación cultural que une al Desierto de Sonora y al Desierto de Chihuahua, nuestra cuna.

Formamos, además, parte simbólica de aquella República de Río Grande que casi se consolidó en 1840 y que estaría compuesta por Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. Ese parentesco nunca ha muerto. De hecho, durante la Reforma, Nuevo León y Coahuila se unieron brevemente bajo el nombre de Estado de Nuevo León y Coahuila. Dicha fusión se formalizó en 1856, pero en 1864 cada estado recuperó su autonomía. 

Torreón y Monterrey representan un claro ejemplo de ciudades que son de la misma familia, pero con personalidades únicas e irrepetibles. Ambas han sido enriquecidas con variadas influencias tanto extranjeras como locales: española, árabe, judía (sefardita), turca, tlaxcalteca, entre muchas otras.

Los torreonenses —del antes llamado “País de las Lagunas”— somos hijos legítimos del lago Irritila, del Desierto de Chihuahua y del tren, pues la región prosperó gracias al paso del Ferrocarril Central Mexicano en 1883 y del Ferrocarril Internacional en 1887. Nuestro ADN es porfirista y multicultural.

Remontándonos al siglo pasado, la arquitectura de Torreón siempre fue bella, bellísima. La de hoy es francamente poco original, sin embargo, la del mañana puede ser una reconciliación con nuestro entorno y nuestra cultura.  

Por su parte, Monterrey fue fundada en 1596 por Diego de Montemayor, aunque Luis de Carvajal y de la Cueva ya había llegado en 1582. El río Santa Catarina fue la columna vertebral que ofreció a la ciudad agua, protección y comunicación con el resto del noreste novohispano. Desde entonces esta urbe se ha consolidado como un centro agrícola, ganadero y comercial, y hoy es un polo de desarrollo de gran importancia en el país. Montañas tan significativas y casi sagradas como el cerro de la Silla, el de las Mitras, el del Topo Chico, el de la Loma Larga, el del Obispado y toda la sierra de la Huasteca observan un diario dinamismo que no se detiene nunca y que también contagia.

Más que ser del norte, los laguneros y los regios somos parte de la familia norestense, una familia que se ha distraído demasiado con la globalización en el mundo de la arquitectura. Muchas veces construimos con criterios no aplicables a nuestras realidades, simplemente por moda, por esnobismo o por malinchismo.

Pero la clave de toda arquitectura inteligente es la valoración, primero, de lo nuestro: nuestros valles, montañas y desiertos deben ser la inspiración primigenia. Necesitamos redescubrir nuestra arquitectura vernácula, surgida de una profunda sabiduría popular. Transformemos esos ladrillos, sillares, maderas, piedras y muros encalados en obras del siglo XXI.

Torreón creció gracias al paso del ferrocarril durante el Porfiriato. Imagen: Archivo Municipal de Torreón
Torreón creció gracias al paso del ferrocarril durante el Porfiriato. Imagen: Archivo Municipal de Torreón

CONSTRUIR EN TORNO AL CLIMA

El clima de ambas ciudades es parecido en ciertos aspectos, ya que se encuentran en la zona semiárida del país, pero presentan algunas distinciones por su ubicación geográfica, altitud y relieve. Tanto las similitudes como las diferencias deben tomarse en cuenta al momento de desarrollar proyectos urbanos y arquitectónicos.

La Laguna se ubica en una planicie desértica y Monterrey en un valle rodeado por la Sierra Madre Oriental. Por lo tanto, el tipo de clima en Torreón es árido o desértico cálido (BWh), mientras que en la metrópoli regiomontana es semiárido cálido (BSh) con influencia subtropical. Esto hace que el aire sea particularmente seco en la Comarca y que el calor sea más soportable. No obstante, ambas regiones alcanzan temperaturas muy elevadas, en especial en primavera y verano, cuando oscilan entre 35 °C y 42 °C.

Por su ubicación, las dos ciudades mantienen cielos despejados la mayor parte del año, es decir, reciben mucha insolación anual. De hecho, las lluvias no son frecuentes; se presentan durante una temporada corta entre junio y septiembre. El nivel de precipitación en Torreón es muy bajo, de entre 230–280 milímetros anuales, y en Monterrey es más moderado: de 550–700 milímetros por año. Por ello los eventos climáticos extremos en la Laguna son tormentas de polvo y sequías, mientras que en la capital neoleonesa son lluvias torrenciales y huracanes ocasionales; su clima es más extremo por su orografía.

EL FARO DEL NORTE: LA RUTA POSIBLE

Hoy, tanto en Torreón como en Monterrey estamos en un proceso de búsqueda de quiénes somos y hacia dónde vamos con respecto a la buena arquitectura y el buen urbanismo norestenses. Tal vez esta exploración no se haya consolidado todavía por falta de estudios más frecuentes y exhaustivos, por falta de interés, por falta de pasión o por la falta de espacios que fomenten la tranquila reflexión, como los que provee la Academia Nacional de Arquitectura, Capítulo Monterrey, que promueve el aprendizaje, investigación y difusión de los conocimientos de muchos de sus miembros.

Empecemos abordando la memoria, la vivienda, el desarrollo del territorio y las nuevas materialidades. Al asimilar todo lo anterior en su conjunto, podremos crear obras arquitectónicas y de urbanismo con un legado compartido y un nivel de excelencia que nuestras ciudades merecen.

Por desgracia, esta búsqueda no es un compromiso real para todos. Muchos arquitectos de ambas urbes siguen copiando modelos extranjeros sin siquiera “tropicalizarlos” ni analizarlos adecuadamente, ya sea por pereza, por falta de creatividad o por meros fines comerciales, sin valorar en lo absoluto la identidad del noreste. Toman lo que se hace fuera de México en ciudades que no tienen mucho o nada que ver con nosotros, como Nueva York, Madrid, Londres, Dubái, Miami, París o Berlín. Digamos no a la arquitectura de Instagram, de Pinterest, a la generada por inteligencia artificial sin el uso de la razón humana.

La arquitectura y el urbanismo de primera nunca han estado divorciados del lucro, pero ambos tienen que ir de la mano, pues no es viable beneficiarse económicamente realizando construcciones sin alma ni calidad conceptual. Tal vez una de las soluciones sea dejar de pensar sólo como empresario y pensar un poco más como poeta, emulando al creador de la estela naranja de la Macroplaza regiomontana: Luis Barragán.

En Torreón deberíamos estudiar mucho más las lecciones de arquitectura antigua presentes no sólo en la Laguna, sino también en Parras de la Fuente, Arteaga, Candela, Cuatro Ciénegas, Guerrero, Melchor Múzquiz y General Cepeda, sin dejar de ser contemporáneos. En Monterrey, por otro lado, las lecciones equivalentes pueden encontrarse en Bustamante, Linares, Santiago, General Terán y General Zaragoza. 

Torreón necesita de una verdadera arquitectura del desierto y Monterrey de una verdadera arquitectura del valle y la montaña, ambas con fuertes ingredientes locales, “con olor a tierra”. Las raíces siempre nos brindarán el mejor fundamento para una arquitectura que aspire a ser universal y valorada más allá de nuestras fronteras por su belleza y autenticidad.

Para lograr esta meta necesitamos laguneros y regios con una sensibilidad excepcional y un sentido de pertenencia ejemplar, arquitectos norestenses de cepa. Después de todo, Torreón y Monterrey siempre han hecho sonar su fuerte latido desde un mismo corazón: México.

El proyecto 15 de Mayo, Oficio Taller (por Marcela Glz. Veloz) consiste en el rescate de una casa vernácula de Monterrey para darle un uso como oficinas. Imágenes: Adrián Llaguno
El proyecto 15 de Mayo, Oficio Taller (por Marcela Glz. Veloz) consiste en el rescate de una casa vernácula de Monterrey para darle un uso como oficinas. Imágenes: Adrián Llaguno

 jatovarendon@yahoo.com

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