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ZAIDÉ SEÁÑEZ MARTÍNEZ

CUMPLIR EXPECTATIVAS: UN GRILLETE SOCIAL

Es humana nuestra tendencia a crear expectativas sobre las personas y los vínculos que entablamos a lo largo de la vida, por ejemplo, los logros que esperamos de los hijos, el reconocimiento de los jefes o el amor y aceptación de la pareja y los amigos. En el mismo sentido vivimos cumpliendo las expectativas de otros, pues desde la infancia se nos trasmiten valores, mandatos y normas "necesarias" para funcionar en sociedad.

En nuestra cultura el primer espacio donde se crean esperanzas es la familia, pues entre otras cuestiones, se aspira a que seamos responsables, exitosos profesional y económicamente, ejercer la maternidad o paternidad, y que además de ser decentes, cumplamos el rol de género que biológica y socialmente nos fue asignado. El famoso "qué dirán" se nos ata al tobillo y hay que trabajar mucho para liberarnos de él. Cuando podemos dejar de escuchar esa vocecita en nuestra conciencia, siempre habrá algo que nos lo recuerde. Conforme vamos madurando es más fácil independizarnos de las expectativas de los otros, pues la vida nos enseña, sea sutil o cruelmente, que más que nunca la paz y la felicidad sólo dependen de nosotros. Crear un panorama a partir de alguien deteriora el vínculo, pues la relación no es desinteresada.

La religión y la moral imponen valores como el deber, el sacrificio, el sufrimiento y la obediencia sobre el deseo, la libertad y la autonomía para tomar decisiones, o el amor y cuidado propio que, por el contrario, se conciben como egoísmo y falta de gratitud. Hay infinidad de discursos morales y prácticas cotidianas que moldean la identidad y el comportamiento, por lo que sentimos culpa al anteponer la determinación de cómo construir nuestra existencia.

Amartya Sen, Nobel de Economía, argumentó que las expectativas no sólo limitan o restringen la libertad para elegir la vida que cada persona valora, sino también el desarrollo de las potencialidades humanas, y esto es tan importante como disponer de riqueza. Su contribución es muy relevante, porque redefinió el desarrollo colocando el bienestar humano, la libertad y la justicia en el centro del análisis económico.

Considerando lo anterior, regirse por expectativas sociales genera estrés, insatisfacción permanente, desánimo, pérdida de identidad, y un sinfín de duelos y heridas invisibles de los que difícilmente hablamos. El Programa de Desarrollo Humano (PNUD) de la ONU recomienda que existan garantías para que las personas vivan el ejercicio pleno de sus derechos y capacidades, no para cumplir mandatos. Que esto sea un talante para reflexionar crítica y honestamente sobre las expectativas que conducen nuestro actuar y la manera de librarnos de ellas. Hay que preguntarnos qué nos estorba, qué nos impide ser felices y, sobre todo, ser conscientes del tipo de expectativas que depositamos en quienes nos rodean, especialmente tratándose de nuestros hijos. Nunca será tarde para enseñarles a vivir en libertad, aunque ya sean adultos. Apoyemos la expansión de sus libertades y capacidades para convertirse en lo que elijan ser, sin culpa, sin sacrificios, sin miedos. Estoy convencida de que hacerlo impactará en nuestra paz y felicidad.

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