El reconocimiento como signo de justicia: una mirada humana
En el mundo laboral contemporáneo, en donde la productividad, la eficiencia y los resultados dominan la conversación y la toma de decisiones, existe una profunda y relegada necesidad: la del reconocimiento. No me refiero a un halago superficial o al otorgamiento de un premio económico, sino a la verdadera apreciación del esfuerzo y la entrega detrás de cada tarea, así como al agradecimiento sincero por el compromiso hacia la organización. Reconocer a las personas es un acto de justicia emocional y moral, un elemento esencial para construir entornos de trabajo sanos, equitativos y sostenibles.
El reconocimiento no sólo motiva, también inyecta energía positiva, fortalece la autovaloración, la pertenencia y brinda sentido al trabajo. Sin él, las personas se sienten invisibles, y cuando la invisibilidad se instala, aparece el desgaste emocional, la frustración y la pérdida del propósito. En cambio, si en la organización se aprende a reconocer de manera justa, se fomenta una cultura que unifica y en la que el mérito tiene rostro y significado. Este es precisamente el factor olvidado: el establecimiento de una cultura del reconocimiento que se despliegue en todos los niveles, que se viva cotidianamente y se convierta en una forma de trabajar. Entonces sería indispensable contar con sistemas formales de reconocimiento, aunque por sí solo esto no es suficiente, pues vivir la cultura es aprender a reconocer al compañero, apreciar su esfuerzo y no dar todo por sentado. Aprender a decir "gracias", a valorar la colaboración y el apoyo del otro. Dejar de lado la idea perenne de "es su trabajo, no hay nada extraordinario" y aún más, evitar que este reconocimiento se brinde en forma inequitativa o selectiva.
El ser humano tiene una profunda necesidad de ser visto, escuchado y valorado. Desde la infancia, buscamos la palmada de quienes nos rodean, y en la adultez, sólo cambia de contexto. Ya Maslow identificó lo anterior al colocar esta necesidad en su pirámide, lo cual nos indica que el hecho de no llenarla provoca un vacío que creemos puede ser cubierto de otras formas, pero que en realidad subsiste y genera una insatisfacción con la que aprendemos a vivir. Esto no es casual: al no sentirnos valorados es difícil alcanzar nuestro máximo potencial. Quien trabaja día a día con compromiso precisa saber que su esfuerzo produce un impacto y que además importa. Cuando falta el reconocimiento, el trabajo pierde alma, las tareas se vuelven rutinarias, los objetivos se perciben ajenos y el vínculo emocional con la organización se debilita. En cambio, cuando existe un genuino reconocimiento, se genera un círculo virtuoso y multiplicador: la motivación crece, el desempeño mejora y la lealtad se fortalece.
Brindar reconocimiento es un acto emocional y una forma de justicia que va más allá del simple cumplimiento de políticas ya que implica aquilatar de manera equitativa el esfuerzo y la contribución de cada individuo, sin limitarse a premios materiales, sino más bien mediante un trato digno y con acciones que reafirmen el valor de la persona. Reconocer con justicia implica empatía, objetividad y humildad. En conclusión, el reconocimiento es una forma de decir "te veo, te valoro y lo que haces importa".
Claudia.rivera@iberotorreon.mx