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Irán, otro signo de los tiempos

ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ

Al momento de escribir estas líneas, los ataques de EUA e Israel contra Irán continuaban, al igual que la respuesta de Teherán; el asesinato del líder supremo iraní Alí Jameneí y varios mandos de la República Islámica había sido confirmado, y el presidente Donald Trump aseguraba que los nuevos dirigentes de Irán se mostraban "dispuestos a negociar". Esto último es curioso porque Washington y Tel Aviv decidieron atacar Irán mientras se celebraban negociaciones en Ginebra.

Lo ocurrido en Oriente Medio el fin de semana es la etapa más aguda de un conflicto regional que lleva décadas. La situación actual es de una guerra abierta de alta intensidad por fases, efecto de un ciclo de escaladas sucesivas. Más allá del alcance regional, la confrontación militar se inscribe en un contexto internacional de transformación profunda y de rivalidad sistémica entre EUA y su declinante hegemonía, y China, la potencia emergente. La geopolítica define mejor los intereses en juego que la falsa idea de que a las partes enfrentadas les preocupan los derechos humanos, la democracia o la soberanía. Lo que atestiguamos es un ejercicio de poder puro y duro, con argumentarios flexibles y adaptables a conveniencia.

Los antecedentes más cercanos de la guerra en curso se remontan a octubre de 2023, con los terribles atentados perpetrados por el grupo extremista palestino Hamás contra ciudadaos en su mayoría israelíes, y la brutal y desproporcionada respuesta de Israel contra la población de Gaza. Junto con la Yihad Islámica, Hezbolá, fuerzas hutíes y milicias chiíes, entre otros, Hamás forma parte del llamado Eje de la Resistencia, una estructura informal que coordina el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán. Este eje se opone a los planes de Israel y EUA de organizar Oriente Medio bajo sus intereses en alianza con países de la región no afines a Teherán.

De alguna forma, el afán hegemonista regional de Irán y sus aliados es un contrapeso al imperialismo sionista israelí que tiene todo el apoyo político, económico y militar del renovado imperialismo estadounidense. En junio de 2025, tras varios enfrentamientos más o menos directos, EUA e Israel atacaron abiertamente a Irán so pretexto de acabar con la capacidad del estado persa de construir su propio arsenal nuclear. Esa guerra duró 12 días, y tanto Irán como Israel resultaron golpeados. La "paz" no resolvió el conflicto, sólo lo aplazó. Y ahora, en medio de las negociaciones más importantes entre iraníes y estadounidenses en años, Trump decide escuchar a su socio y amigo Benjamín Netanyahu para volver a la guerra contra la república de los ayatolás.

Las posiciones eran extremas, sobre todo del lado occidental. EUA, a solicitud de Israel, pedía a Irán la clausura de su programa nuclear, la desaparición de su programa de misiles balísticos, la reducción de sus capacidades militares y la suspensión del financiamiento al Eje de la Resistencia. Teherán, por su parte, sólo estaba dispuesto a negociar sobre el programa atómico a cambio del retiro de las sanciones aplicadas por Washington y sus aliados desde la ruptura del pacto nuclear en la primera administración Trump. Para EUA e Israel sólo hay una ruta de negociación: la claudicación de Irán. Y como leyeron que no la iban a conseguir en la mesa, la buscaron a través de la guerra. La diplomacia no fracasó, fue literalmente pateada.

Un aspecto de relevancia es la instrumentalización de la inconformidad ciudadana en Irán por parte de Occidente. Ni a Trump ni a Netanyahu les preocupa liberar a los iraníes de la "tiranía". El argumento les interesa en la medida de que les sirva a sus fines geopolíticos y económicos. El concepto "democracia versus tiranía" es una falsa dicotomía.

Pero, ¿qué buscan EUA e Israel al atacar a Irán? Observo cuatro objetivos estructurales: neutralizar las capacidades de defensa de Teherán al grado de eliminar su autonomía; reconfigurar todo el entorno regional para alinearlo a los intereses sionistas israelíes e imperialistas estadounidenses; blindar la expansión del Estado israelí bajo la doctrina del Gran Israel, el "espacio vital" que el sionismo reclama en la zona, y gestionar la transición global con herramientas de coerción en medio de la crisis del multilateralismo provocada por los propios EUA.

Irán persigue primordialmente un objetivo: la supervivencia del régimen teocrático y del Estado con facultades autónomas. Y para ello, desde su perspectiva, requiere de una carta nuclear de negociación; un poder disuasorio, como lo son sus misiles y drones; una estructura de aliados, como el Eje de la Resistencia, que le permite externalizar los costos del enfrentamiento con Israel y EUA, y la legitimación internacional que puede darle asociarse con potencias no occidentales como China y Rusia. Sin esos elementos, prácticamente está acabado.

Pero Irán tiene una importancia mayor en la transformación global que vivimos. Es un pivote estratégico. Además de no estar alineado con Occidente, administra rutas de conexión y flujos de energía a la vez que articula espacios de intermediación alternativos. Evidencia de tal relevancia son su control sobre el estrecho de Ormuz, por donde circula una quinta parte del petróleo del mundo; su ubicación estratégica entre Asia Oriental y el Pentalaso (la región de los cinco mares), y su capacidad productiva de insumos vitales para la industria como hierro, plásticos, químicos e hidrocarburos.

Para China, rival sistémico de EUA, el estado persa juega un rol importante en tres vertientes: como fuente de insumos, ya sea al margen o no del sistema que controla Washington; como una de las etapas cruciales de la Nueva Ruta de la Seda, a la que EUA e Israel quieren competir con el Corredor India-Medio Oriente-Europa, y como actor contrahegemónico que se ha sumado a las instituciones y foros que el gigante asiático lidera. Doblegar a Teherán significa para Washington estrangular un eslabón de la visión de orden mundial que impulsa Pekín con Moscú.

Pero que Irán sea importante para China y Rusia no quiere decir que vayan a intervenir directamente en la guerra. Lo más probable es que su participación se quede en diplomacia activa, respaldo económico y apoyo militar indirecto. El presidente ruso Vladimir Putin está demasiado ocupado con su frente en Ucrania, mientras su homólogo chino Xi Jinping mantiene la apuesta estratégica de su país en el largo plazo.

Ahora bien, que Trump y Netanyahu cumplan sus objetivos en Irán conlleva tantos riesgos como no alcanzarlos. La caída o debilitamiento del régimen de los ayatolás podría generar un vacío de poder y una competencia violenta de facciones con éxodo de ciudadanos y crisis humanitaria; pérdida de la ruta y control del programa nuclear iraní; estrés energético global por la inestabilidad en el estrecho de Ormuz, y la radicalización más profunda de grupos antisraelíes y antiestadounidenses. Por el contrario, la resistencia del régimen podría provocar su endurecimiento y la aceleración del programa nuclear; una escalada sostenida de ataques a bases y socios occidentales; la normalización de la inestabilidad en el estrecho de Ormuz; el abandono del orden jurídico internacional, y el aumento de la fragmentación económica global.

Por último, no debemos perder de vista que la consecuencia principal es la que tiene que ver con lo humano. Personas que están perdiendo la vida y sus hogares. Mientras tanto, los tres principales fabricantes de armas estadounidenses (Lockheed Martin, RTX y Northrop Grumman) han elevado el valor de sus acciones entre un 20 % y un 50 % en los últimos tres meses. Irán es otro signo de los tiempos que vivimos.

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