Imagen: AFP
La madrugada del 3 de enero de 2026, Caracas, Venezuela, se convirtió en una escena que parecía sacada de una superproducción de Hollywood, con columnas de humo y enjambres de cazabombarderos. Como narró Al Jazeera, fue “un movimiento que dejó atónito al mundo, [cuando] Estados Unidos bombardeó Venezuela y secuestró a Nicolás Maduro”.
Pero lo extraordinario no sólo fue el despliegue bélico, sino cómo llegó a todos en primer lugar: no por televisión, sino por TikTok. El episodio se relató en tiempo real gracias a centenares de celulares que grabaron cada explosión, cada grito, cada estertor de la realidad. Ahí estaba la historia, al desnudo, o eso parecía.
Cuando la noticia se extendió en redes sociales, no se leyó como en los diarios de antaño, sino que se vio en un video amateur grabado desde un vecindario de Caracas. A través de un smartphone, cualquiera puede convertirse en testigo directo de los acontecimientos a su alrededor y retransmitirlos a lugares remotos.
Esa libertad de apuntar la cámara a lo que sucede supone un vuelco para la historia oficial: el reloj se congela en cada plano, cada temblor de la imagen es un dato. Un vecino con el pulgar sobre el obturador digital deviene corresponsal ciudadano, informando sin censura al instante. ¿Neutralidad? En efecto, un smartphone muestra lo que pasó sin filtros, pero al final la lente sigue siendo humana.
Como recuerdan los reporteros de El País, los conflictos bélicos recientes —Gaza, Ucrania— se narran hoy con el móvil: imágenes ciudadanas que “pueden servir para documentar los posibles crímenes de guerra”. Amnistía Internacional avala que estas grabaciones ayudan a recopilar pruebas que antes eran imposibles de recabar. La anécdota se viraliza en segundos.
Sin embargo, no todo es transparencia espontánea; las “guerras contadas por celulares” tienen doble filo. Como advierte el catedrático Ramón Salaverría, esos videos “pueden ser utilizados al servicio de la propaganda y ser una vía de bulos y desinformación”.
Es la otra cara del clic: el grueso titular de la captura de Maduro se introduce en un algoritmo que decide a quién mostrarla y a quién ocultarla. Así, en X o TikTok se cocinan narrativas más propias de la mecánica interna de cada plataforma que de los hechos reales.
LA VISIBILIDAD AMBIVALENTE
Con los teléfonos inteligentes disparando datos, cabría pensar que la imparcialidad está garantizada. Pero no todos los hechos captados y subidos a la nube son mostrados por igual. El flujo de información está, de cierta forma, predeterminado: en la guerra que se libra en redes sociales, los propietarios de cada plataforma digital imponen censura para unas opiniones, dejando libertad y promoción para otras.

Para viralizar una noticia basta un trending topic —tema en tendencia que se detecta a través de palabras clave—. Estos pueden generarse de forma relativamente fácil si se tiene el presupuesto para pagarle a un grupo de personas que organicen un enjambre de cuentas automáticas —conocidas como bots— que bombardeen palabras clave, ocultando las publicaciones incómodas entre memes y vídeos cortos. De este modo, la perspectiva oficial —Maduro en un tracksuit de Nike rumbo a prisión— se cuela en todos lados, mientras otras voces quedan ahogadas.
El fenómeno tiene un nombre técnico: visibilidad ambivalente. Investigadores como Heřmanová y colegas hablan de esta como una “tensión entre la inmediatez cruda y la visibilidad amigable a la plataforma”.
Dicho de otro modo: el creador de contenido en zona de guerra busca mostrar todo lo antes posible, pero el algoritmo exige formatos digeribles y atractivos. Hay que dosificar lo sangriento en secuencias de 60 segundos, intercalar música épica y un filtro Instagram.
Eso crea un colapso de contexto, como apunta el experto Matthew Ford: vemos explosiones y escombros, pero sin entender la causa ni las consecuencias profundas; un episodio aislado en el feed. Lo trágico triunfa en likes: “la tragedia genera engagement”, dicen los académicos, porque el algoritmo adora la violencia al igual que cualquier clickbait emocional —esos títulos sensacionalistas que sirven de anzuelos para que los usuarios lean un artículo o vean un video o se desplacen por un carrusel de Instagram—.
La conclusión surrealista es que, en lugar de dar voz a los más objetivos, los algoritmos amplifican a los más ruidosos. El dedo pulgar de un ciudadano apunta la cámara; luego un enjambre de datos decide si millones la verán o no. Es el quid del debate contemporáneo: ¿dónde termina la democratización digital y comienza la narrativa manipulada?
Organismos serios como la UNESCO o analistas militares del Instituto Español de Estudios Estratégicos ya hablan de las redes sociales como “armas de influencia masiva”, donde la imagen ya no es neutral, sino terreno de batalla cognitiva.
INTERACTUAR CON EL FUTURO
Hoy cada apretón de botón parece prometer objetividad absoluta. Pero la ironía cruel es que la historia sigue siendo escrita con un sesgo invisible. Cuando algún chico de Las Mercedes sube el video del ataque, no firma con sello de la ONU ni del New York Times. Al contrario: su clip deberá sobrevivir a mil ediciones algorítmicas para llegar a los ojos de un editorialista. Al final, lo que recordaremos no será solo el “qué pasó”, sino el qué nos dejaron ver.
Quizá el día de mañana los libros de historia contarán que el bombardeo de Caracas o Gaza o Ucrania fue el primer gran evento filmado enteramente por ciudadanos. En todo caso, la anécdota debe servir de alerta. Mientras los conflictos futuros se suelten contra drones y celulares civiles, es un hecho que la imparcialidad narrativa ya no se decidirá sólo en redacciones, sino en códigos binarios. La última palabra no la tendrán ni el ejército ni el periodista, sino el algoritmo que determine quién ve qué.
La moraleja no es muy tranquilizadora: vivimos en una era en que “todos ven lo que parece ser, mas pocos saben lo que eres” —-como decían desde Maquiavelo hasta un reciente informe militar—. En 2026 las batallas se ganan no solo con misiles, sino con memes. Y la historia, ahora digital, permanece siempre en construcción. Una cámara puede ser imparcial; quien hace viral su grabación, no.

Instagram: @pedrofranciscodelrey