Las tandas: autonomía y resistencia económica femenina
Cuando su madre murió, a Alicia también se le desmoronó la vida que había construido durante más de una década. La empresa en la que había invertido once años, donde coordinaba a cincuenta mujeres, movía medio millón de pesos al mes y generaba ganancias que le habían dado independencia, se vino abajo junto con ella.
"Me fui para abajo, literal", recordó. "Arrastrándome por los rincones, triste, sin rumbo". Con la quiebra encima y la confianza rota, se encontró en ese punto donde la vida la obligó a comenzar de nuevo, aunque no sabía muy bien por donde empezar.
La respuesta llegó disfrazada de una conversación casual. Una buena amiga, consciente del prestigio económico y humano que Alicia había tejido durante años, le soltó una frase que se le clavó como un clic: "¿por qué no capitalizas toda esa confianza? Haz una tanda".
No era una estrategia financiera brillante ni un proyecto empresarial elaborado: era una práctica doméstica, comunitaria y femenina que existía desde mucho antes que la banca formal, mucho antes incluso de que las mujeres pudieran abrir una cuenta por sí solas.
El origen de las tandas, de acuerdo con el artículo Tandas y Cundinas: Asociaciones de Crédito Rotativo México-Americanas y Latinoamericanas en el Sur de California, se remonta a prácticas comunitarias de crédito rotativo surgidas en sociedades agrarias que, al transitar hacia economías comerciales, generaron sistemas colectivos para rotar recursos escasos entre personas de la clase trabajadora.
Aunque hoy son inseparables de la vida cotidiana mexicana, se lee en el texto, su antecedente más remoto podría estar en las asociaciones Hui que trabajadores chinos introdujeron a México después de 1899, especialmente en Puebla y regiones cercanas, influyendo en la forma que adoptó esta práctica años más tarde.
El artículo subraya que las tandas no sólo nacieron de la necesidad económica, sino de un principio social más profundo: la confianza, ese tejido comunitario que permite que un grupo entregue su dinero a un fondo común con la certeza de que regresará en el momento pactado.
Alicia, al identificar que justo eso, la confianza, era su punto más fuerte, se animó a convocar a su primera tanda. Sin expectativa alguna usó sus redes sociales para lanzar la invitación, que, para su sorpresa, recibió muy buena respuesta.
"Para que una mujer administre el dinero de otras mujeres necesita algo que el sistema financiero nos ha negado históricamente: confianza comprobable", expresó. Una confianza que, aunque no aparece en ningún buró de crédito, para ella vale más que cualquier historial bancario.
Hoy, casi dos años después, coordina a 110 mujeres repartidas por todo el país. Desde Torreón y Gómez Palacio hasta Los Cabos, pasando por estados donde ni siquiera conoce las calles por las que caminan quienes le depositan cada quincena.
Algunas participan para pagar la quinceañera de sus hijas; otras, para ahorrar lo necesario para salir de una relación violenta; otras más para costear estudios médicos o terminar una carrera universitaria. En las tandas, explicó, se construye algo más que ahorro: se construyen oportunidades.
Alicia señaló que este mecanismo de ahorro que muchas recuerdan en la cocina de la abuela, en la sala de la tía o en la puerta de la vecina, son también una respuesta a la violencia económica que atraviesa a las mujeres desde generaciones pasadas.
Y es que, la tandera explicó que, durante décadas, millones de mujeres en México no pudieron abrir una cuenta bancaria sin el permiso del esposo o del padre.
El dato histórico, indica que fue a partir de 1974, con la reforma al artículo 4° de la Constitución mexicana, en la que se consagró la igualdad jurídica entre hombres y mujeres, que se empezaron a derribar las barreras legales que impedían a las mujeres abrir y manejar cuentas bancarias propias sin el permiso de su esposo o padre.
Esta reforma constitucional fue el antecedente que permitió que, durante la década de los setenta y de forma más generalizada en los ochenta, las instituciones financieras reconocieran legalmente a las mujeres como sujetas de pleno derecho para contratar productos financieros por sí misma Aun así, las tandas, esas economías paralelas sobrevivieron al tiempo. Hoy, en plena crisis del costo de vida, cuando comprar una casa es un sueño lejano y un crédito formal parece inaccesible para quien trabaja desde casa, en la informalidad o con jornadas de cuidados nunca remuneradas, las tandas vuelven a ser indispensables. Funcionan como un banco del barrio, sí, pero también como refugio emocional: un espacio donde no sólo se ahorra, sino también se acompaña.
"Los mexicanos somos bien raros, Necesitamos un compromiso con el otro para cumplir. Y las mujeres estamos tan cansadas, tan abrumadas, que a veces necesitamos que alguien nos cuide el dinero para avanzar".
Han cambiado los tiempos. Ya no se reciben sobres de efectivo ni se toca la puerta de la vecina para recordar el pago. Ahora todo se mueve por transferencias, grupos de WhatsApp y hojas de cálculo que revisa la asistente que la misma Alicia emplea, gracias a una pequeña comisión de manejo.
Las tandas se modernizaron sin perder su esencia: siguen siendo un acto de resistencia económica y un recordatorio de que, cuando el sistema falla, las mujeres inventan sus propios mecanismos para sostenerse.
De acuerdo con el blog oficial de la Bolsa Mexicana de Valores, las mujeres en México mantienen una relación particularmente estrecha con las tandas. La ENIF 2021 revela que el 38.5% de ellas ha recurrido a este mecanismo informal de ahorro y crédito, frente al 27.77% de los hombres.
No es casualidad: para muchas, las tandas siguen siendo la única vía accesible para financiarse. La misma encuesta muestra que apenas el 42.6 por ciento de las mexicanas entre 18 y 70 años cuenta con una cuenta de ahorro formal, muy por debajo del 56.4 por ciento registrado entre los hombres.
Al final del día, por eso, indicó Alicia, esta práctica que algunos ven como informal o incluso riesgosa es, para miles de mujeres, la única forma real de construir un ahorro, cumplir una meta o escapar de la violencia. Por eso insiste en lo mismo, una y otra vez: "Las tandas no son un juego. Son una herramienta de libertad".
LAS QUE CONFÍAN
Diana, psicóloga y emprendedora de 36 años, todavía recuerda la sensación física de miedo cuando depositó su primer pago de tanda. No era la cantidad -veinte mil pesos que pagaría en diez semanas- sino la ruptura simbólica de una regla familiar que había llevado tatuada desde niña: el dinero no se comparte, no se presta, no se confía.
Su papá, un hombre educado en la cultura del esfuerzo individual y el salario seguro, repetía que el ahorro debía ser solitario. Nada de "meter el dinero con gente". Nada de riesgos. Mandatos heredados no por maldad, sino por miedo: miedo a la pobreza, al abuso, al engaño.
Pero un día, ya en sus treinta, con una consulta privada que apenas empezaba a despegar y "un empleo godín" que la estaba enfermando, Diana entendió que ese modelo no le alcanzaba. Había mañanas en las que despertaba sudando, con palpitaciones tan fuertes que le temblaban los brazos. Una vez, el ataque de ansiedad apagó parcialmente su ojo derecho: "se me nubló la vista, así, de repente". Su cuerpo dijo lo que su mente no quería escuchar: tenía que renunciar.
Renunciar significó también perder salario fijo, prestaciones y estabilidad. La consulta le daba para vivir, pero no para crecer. Y entonces apareció la tanda.
El día que recibió sus primeros veinte mil pesos entendió que había roto algo y había construido otra cosa. Pagó deudas, viajó a Cancún y se inscribió a un diplomado en terapia sistémica que le abrió nuevas puertas profesionales.
"Fue como entender que mi dinero podía hacer cosas que yo sola no lograba", expresó. Pero lo más importante fue descubrir que la confianza también es una forma de autonomía. Una confianza horizontal, sostenida no por contratos sino por reputación y necesidad compartida.
Diana lo resume así: "Es un salto de fe gigantesco. La gente no entiende que una tanda no es solo dinero: es energía, es compromiso, es saber que le estás aportando a la meta de alguien más mientras ella te aporta a ti". Y luego ríe, bajando el tono de lo solemne: "Además confié en Alicia porque es Virgo. Un Virgo no deja morir la organización".
LAS QUE SOSTIENEN
Para Valeria, las tandas no fueron una alternativa: fueron la única salida real. Enfermera, con empleo formal y tres hijos, vivía en ese límite donde los números siempre dan… pero apenas. Si había útiles escolares, no había zapatos; si había un tratamiento médico, no había desayuno especial. Si quería una blusa, cualquier gasto del hogar la obligaba a soltarla.
Su primera tanda fue pequeña: un fondo entre amigas para comprarse algo bonito o salir a desayunar una vez al mes. Un gesto mínimo de autocuidado. La prueba real llegó cuando su hija mayor pidió una fiesta de quince años. Era 2020, plena pandemia, con ingresos inestables y sin red laboral sólida.
Pidió prestamos y créditos que tres años después, seguía pagando. Luego conoció el sistema de tandas y delineó ella misma su estrategia económica.
En los meses más pesados, llegó a administrar siete simultáneas. Cada una con un objetivo claro: uniformes, inscripciones, regalos, etcétera. Y una, solo una, era exclusivamente para ella: un viaje anual con amigas para recordar que, además de madre y proveedora, también era una mujer con necesidad de autocuidado.
Fue así que logró realizar otra quinceañera para otra de sus hijas. Con salón, vestido, mariachi y fotos. Una noche luminosa en medio de un país en crisis. Un milagro femenino construido con depósitos quincenales de mujeres que, como ella, estiraban y estiraban.
Valeria ha probado cajas de ahorro y créditos de nómina, pero nada se compara con la cercanía emocional de la tanda: "La tanda no es negocio. Es pacto".
En un país donde el crédito formal suele llegar tarde -o nunca- para las mujeres, las tandas actualmente siguen funcionando como lo han hecho siempre: con memoria, con afecto y con una lógica económica que entiende algo que los sistemas financieros ignoran. Que el dinero, cuando circula con confianza, también puede mejorar vidas.