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¿Qué nos enseña la cultura laboral del Pacífico Asiático?

Tras la destacada economía de esta región se esconde un culto al esfuerzo donde la identidad se mide únicamente por la capacidad productiva, generando burnout, pérdida de creatividad y, en casos extremos, muertes por exceso de trabajo.

Imagen: Unsplash/ Florian Wehde

Imagen: Unsplash/ Florian Wehde

ALESSANDRA RODRÍGUEZ

Más allá del resplandor de sus modernas metrópolis y de una eficiencia operativa que parece impecable, en el Pacífico Asiático subyace una cultura del esfuerzo que ha traspasado los límites de lo admirable para adentrarse peligrosamente en el terreno de la tragedia. 

A lo largo de las últimas décadas, se ha contemplado a nivel global, con una mezcla de asombro y respeto, el ascenso económico y tecnológico de las potencias de esta región. No obstante, en estructuras sociales como las de China o Japón, el trabajo trasciende su función básica como medio de subsistencia y se instituye como un elemento que define el honor, el sentido de pertenencia y la valía intrínseca del ser humano.

GUANXI: DISPONIBILIDAD TOTAL

A diferencia de las prácticas de networking occidentales, que suelen ser más transaccionales, el guanxi chino representa un sistema complejo y profundo basado en favores, confianza y una lealtad recíproca inquebrantable. Trasladado al ámbito profesional, esto implica que la jornada laboral no concluye al cruzar la puerta de salida de la oficina. El compromiso ineludible con este “tejido de relaciones” obliga a los trabajadores a participar en cenas interminables y actividades sociales que, en el fondo, constituyen extensiones de sus obligaciones laborales. 

Declinar una de estas invitaciones se interpreta como la ruptura de un vínculo de confianza vital. Esta presión social se ha cristalizado en el controvertido sistema 996 —trabajar de 9 de la mañana a 9 de la noche, seis días a la semana—, donde la disponibilidad total del individuo se convierte en la moneda de cambio necesaria para preservar el estatus social.

JOHATSU: LA EVAPORACIÓN COMO ESCAPE

Por otra parte, en Japón, cuando la carga de un fracaso profesional o el peso asfixiante de las deudas se vuelve insostenible, emerge un fenómeno social conocido como los johatsu, o “personas evaporadas”. En una cultura donde el imperativo de guardar las apariencias y evitar la vergüenza pública es supremo, la pérdida del empleo o la incapacidad para cumplir con las expectativas no se perciben como simples tropiezos en la vida, sino como una deshonra que mancha a toda la familia.

Ante esta realidad, miles de ciudadanos japoneses optan por “evaporarse”, abandonando sus hogares, sus identidades y sus nombres para sumergirse en el anonimato absoluto dentro de barrios marginales o periféricos. Prefieren la desaparición social antes que enfrentar el juicio severo de su entorno.

Según el sociólogo Hiroki Nakamori, que ha estudiado este fenómeno durante varios años, el término ganó atención por primera vez en la década de 1960. Menciona que el profundo respeto de Japón por la privacidad personal, combinado con una intervención policial muy limitada en desapariciones no criminales, permite que la gente se convierta en johatsu casi sin esfuerzo.

Esta tendencia es sintomática de una cultura que no ha logrado construir una red de seguridad emocional que permita procesar el error humano.

Johatsu es un término japonés que describe a quienes deciden desaparecer antes que enfrentarse al escarnio público tras un fracaso profesional. Imagen: Unsplash/ Vusal Ibadzade
Johatsu es un término japonés que describe a quienes deciden desaparecer antes que enfrentarse al escarnio público tras un fracaso profesional. Imagen: Unsplash/ Vusal Ibadzade

EL COSTO DE SER UNA HERRAMIENTA

Cuando el sentido de valía de un individuo se ancla exclusivamente en sus éxitos profesionales, se produce una transformación profunda en su psique. Esta perspectiva no representa únicamente una preferencia sobre el estilo de vida, sino una alteración en la forma en que se procesa la propia existencia. Es una visión que causa profundos daños, entre ellos: 

Colapso ante el fracaso. Bajo la premisa de que la identidad es equivalente a la capacidad de ser productivo, cualquier interrupción en la actividad laboral —ya sea por desempleo, retiro o enfermedad— se interpreta como una anulación del ser.

Vínculos sólo por conveniencia. La lógica productivista se extiende hacia las esferas más íntimas del ser humano, modificando la naturaleza de los vínculos afectivos. Cuando el éxito se convierte en la única escala de medición válida, el tiempo deja de ser un espacio para la vivencia y se transforma en un activo financiero que debe ser invertido. En este escenario, las relaciones humanas comienzan a ser filtradas a través de un prisma de conveniencia. Los lazos con amigos, familiares o parejas pueden derivar en interacciones transaccionales, donde el disfrute de la compañía ajena queda subordinado a objetivos de estatus o redes de contacto (networking).

Burnout o agotamiento crónico. Debe entenderse no como una simple fatiga física, sino como una patología mental característica de nuestra época. Filósofos contemporáneos, como Byung-Chul Han, sugieren que, en la moderna sociedad del rendimiento, el individuo ya no es oprimido por una fuerza externa, sino que se convierte en su propio capataz.

Este proceso de autoexplotación se vive paradójicamente bajo una falsa sensación de libertad y realización personal. La persona se encuentra en una batalla constante contra sus propios límites, donde la presión por destacar y producir se agudiza hasta que la voluntad se quiebra. En este estado, el individuo deja de ser un agente con propósito para convertirse en una herramienta desgastada por la exigencia de un rendimiento insostenible.

Disminución de la capacidad contemplativa y creativa. Históricamente, los grandes avances de la ciencia y las expresiones más profundas de la cultura han germinado en espacios de ocio contemplativo. Al erradicar cualquier actividad que no arroje un resultado monetizable, se anulan procesos mentales fundamentales como el placer de la lectura sin fines académicos o instructivos, la exploración artística que no busca la venta, o la simple observación del entorno.

Una sociedad que desprecia el tiempo “no productivo” se condena a la repetición de procesos ya establecidos, volviéndose incapaz de innovar. Al final, la obsesión por la eficiencia termina por asfixiar la chispa de la creatividad, convirtiendo al colectivo en una maquinaria que sólo sabe ejecutar ciertas acciones, pero que ha olvidado cómo imaginar.

Enfermedad y karoshi. La competitividad llevada al extremo en el Pacífico Asiático ha propiciado la incorporación de terminología médica específica al lenguaje cotidiano de estas naciones. El karoshi, definido como la muerte por exceso de trabajo, es la consecuencia fisiológica directa de un organismo que colapsa ante niveles de estrés crónico e inmanejable. Incidentes como ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares en personas jóvenes son el costo de jornadas laborales que ignoran sistemáticamente los ritmos circadianos y las necesidades biológicas básicas. 

TANG PING

Como respuesta, han surgido movimientos de resistencia pasiva como el tang ping (“tirarse al suelo” o “tumbarse”) en China, donde las nuevas generaciones deciden renunciar deliberadamente a la competencia feroz para optar por una vida más modesta, pero propia.

Este movimiento cobró fuerza en el año 2021 a partir de una publicación en la red social Tieba, donde un usuario compartió su decisión de “tumbarse” y hacer lo mínimo necesario, pues estaba agotado de las presiones laborales. Muchos jóvenes se sintieron plenamente identificados y la publicación se viralizó de inmediato, al grado de que las autoridades chinas censuraron el término en plataformas digitales. Sin embargo, eso no ha detenido su popularidad.

Quienes practican el tang ping adoptan un estilo de vida más simple, de bajo esfuerzo y desapegado de las expectativas tradicionales de éxito material. Es el grito silencioso de una juventud que se niega a servir como combustible desechable para la maquinaria económica.

El tang ping (que se traduce como 'tumbarse') es una rebelión de los jóvenes chinos contra las excesivas presiones de estatus social asociadas al trabajo. Imagen: Aji Yasa Darmawan
El tang ping (que se traduce como "tumbarse") es una rebelión de los jóvenes chinos contra las excesivas presiones de estatus social asociadas al trabajo. Imagen: Aji Yasa Darmawan

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