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En los últimos años hemos sido testigos de un fenómeno profundo y silencioso: los pasatiempos están desapareciendo. No porque las personas hayan perdido el interés en aprender, crear o jugar, sino porque la vida contemporánea ha desplazado esas prácticas hacia un rincón cada vez más estrecho de la existencia. El tiempo libre se ha convertido en un espacio colonizado por el scrolling infinito, y la idea de dedicar horas a un pasatiempo parece, para muchos, un lujo imposible.
SCROLLING: RECOMPENSA INMEDIATA Y VACÍO PROLONGADO
Desde la neuropsicología sabemos que el sistema de recompensa cerebral —particularmente el circuito dopaminérgico que involucra al núcleo accumbens, la corteza prefrontal y el área tegmental ventral— se activa con estímulos novedosos y gratificantes. Las redes sociales y las plataformas digitales han aprendido a explotar este mecanismo con precisión quirúrgica: cada nuevo video, cada notificación, cada like es un microestímulo que libera dopamina.
El problema es que esta liberación es rápida, breve y superficial. No requiere esfuerzo, no demanda aprendizaje, no implica frustración ni tolerancia a la demora. En contraste, los hobbies tradicionales —como aprender un instrumento, practicar un deporte, escribir, pintar o cocinar— activan el mismo sistema de recompensa, pero lo hacen a través de procesos más lentos y sostenidos, que requieren disciplina, tolerancia a la frustración y repetición.
La consecuencia es clara: el cerebro se acostumbra a la gratificación inmediata y pierde la paciencia para las recompensas diferidas. Así, los pasatiempos mueren no porque hayan perdido valor, sino porque compiten en desventaja frente a un entorno digital diseñado para capturar nuestra atención.
El scrolling infinito es un entretenimiento vacío: activa el circuito dopaminérgico, pero no genera aprendizaje ni memoria significativa. Es como comer azúcar sin nutrientes: sacia momentáneamente, pero deja al cuerpo debilitado.
Los hobbies, en cambio, son como alimentos ricos en fibra y proteínas: requieren más tiempo para digerirse, pero nutren de manera profunda. La diferencia está en que el cerebro necesita reaprender a tolerar la demora y a disfrutar del proceso.
LA TRAMPA DE LA AUTOEXIGENCIA
Entre los adultos, emerge el obstáculo de la autoexigencia. Muchos evitan iniciar un pasatiempo porque sienten que no serán “suficientemente buenos” o porque recuerdan experiencias tempranas de rechazo cuando intentaron algo nuevo.

Esta competencia interna, que se origina por la percepción de fracaso o crítica en etapas formativas, se convierte en una barrera invisible, lo que da como resultado que los hobbies se transformen en un terreno de ansiedad: “si no puedo hacerlo perfecto, mejor no lo hago”. Y si se hace, surge la intención de monetizarlo, convertirlo en emprendimiento o demostrar que es algo “productivo”. La cultura contemporánea ha moldeado el ocio con la lógica del rendimiento.
Todas esas presiones destruyen la esencia misma del pasatiempo, cuyo valor recae en que tiene la facultad de conectar con el placer de hacer, no con el resultado. Pintar aunque no se sea artista, tocar guitarra aunque nunca sea sobre un escenario, correr aunque no se ganen maratones. La clave está en permitirse la “mediocridad gozosa”, en recuperar el derecho a hacer cosas sin finalidad productiva.
EL TIEMPO COMO RECURSO ESCASO
En el caso de las madres, la situación es aún más compleja. Entre la maternidad, el trabajo y las tareas domésticas, el tiempo libre se convierte en un recurso escaso. Los hobbies, que requieren dedicación y espacio mental, suelen ser los primeros sacrificados.
Aquí aparece un fenómeno psicológico relevante: la culpa asociada al autocuidado. Muchas mujeres sienten que dedicar tiempo a una actividad por mero gusto es egoísta, porque resta energía que podría invertirse en la familia o el trabajo. Sin embargo, desde una perspectiva clínica, la ausencia de espacios personales incrementa el riesgo de ansiedad, depresión y agotamiento emocional. En este sentido, los hobbies no son un lujo, sino un factor protector de la salud mental.
IMPORTANCIA PARA LA MENTE
Los pasatiempos cumplen funciones psicológicas esenciales:
Regulación emocional. Permiten canalizar estrés y ansiedad en actividades creativas o físicas.
Neuroplasticidad. Aprender nuevas habilidades fortalece conexiones neuronales y mantiene la flexibilidad cognitiva.
Identidad y sentido. Este tipo de actividades construyen narrativas personales más allá del trabajo y la familia.
Resiliencia. Implican enfrentar frustraciones y aprender a tolerar la demora en la recompensa.
No se trata de ser expertos ni de monetizar la práctica, sino de sostener un espacio donde la persona se reconozca como alguien capaz de disfrutar sin exigencias de ningún tipo.

La invitación final es clara: recuperar los pasatiempos como acto de cuidado de salud mental. No es necesario llegar a la perfección, pero sí dar pequeños pasos:
• Dedicar 15 minutos al día a una actividad que se disfrute.
• Recordar que el disfrute no necesita testigos ni validación externa.
• Permitirse fracasar y seguir intentando.
• Reconocer que el tiempo invertido en un hobby es tiempo ganado para la salud mental.
Atreverse a dar pasos, aunque cueste, es un gesto de dignidad frente a un mundo que exige productividad constante. Es recuperar el derecho al ocio creativo, al juego, a la exploración. Es recordar que la vida no se mide solo en logros, sino también en momentos de disfrute gratuito.
Los pasatiempos no están muertos, pero sí están en riesgo. El scrolling infinito, la autoexigencia y la falta de tiempo los han desplazado. Sin embargo, desde la psicología clínica sabemos que recuperarlos es posible y necesario. No para ser mejores, ni para monetizar, sino para vivir con mayor sentido. El reto es simple y complejo a la vez, y se trata de atreverse a hacer cosas inútiles, imperfectas y por mero gozo, porque ahí se esconde la verdadera utilidad: sostener la vida con alegría y resiliencia.
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