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Sesgo de género en diagnósticos psicológicos

Desde la etiqueta de “histeria” en el siglo XIX y el siglo XX, hasta la creencia de que los trastornos del neurodesarrollo eran exclusivos de los varones, la historia clínica muestra cómo las mujeres han sido interpretadas bajo lentes reduccionistas.

Imagen: Unsplash/ Mario Heller

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PRISCILA CASTAÑEDA

Durante décadas, la psicología y la psiquiatría han cargado con un sesgo de género que ha invisibilizado o distorsionado el diagnóstico de niñas, jóvenes y mujeres. Hoy, aunque se han dado pasos hacia una comprensión más amplia, persisten desafíos que requieren una perspectiva crítica y ética.

RECORRIDO HISTÓRICO

La “histeria” femenina se conceptualizó en el siglo pasado, agrupando gran parte de los síntomas emocionales, somáticos o conductuales en mujeres. Este término, ahora percibido como uno cargado de prejuicio, invisibilizaba la diversidad de condiciones clínicas que podían aquejar a este género y reforzaba estereotipos de fragilidad y dramatismo.

Un buen ejemplo del sesgo que históricamente se ha aplicado al tratar a las mujeres sería la tendencia a asociar la emocionalidad intensa con el trastorno de la personalidad límite, lo que en muchos casos ha dejado de lado diagnósticos como depresión recurrente, ansiedad generalizada o trastorno de déficit de atención con o sin hiperactividad (TDA/H), pudiendo incluso presentarse estos de manera comórbida.

Otra distorsión de este tipo es que durante décadas se asumió que el autismo y el TDAH eran trastornos predominantemente —casi exclusivamente— masculinos. Sin embargo, estudios recientes han mostrado que no es que no existan entre las mujeres, sino que presentan perfiles distintos, con mayor capacidad de enmascaramiento social y síntomas internalizados, lo que habitualmente retrasa su diagnóstico y tratamiento, causando en la paciente un gran sufrimiento por desconocer su condición o por no acceder al tratamiento adecuado.

Jean-Martin Charcot demostrando histeria en una paciente hipnotizada en la Salpêtrière, 1887. Imagen: Wellcome Collection.
Jean-Martin Charcot demostrando histeria en una paciente hipnotizada en la Salpêtrière, 1887. Imagen: Wellcome Collection.

PERSPECTIVA CLÍNICA ACTUAL

El Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5-TR) describe los trastornos de la personalidad como patrones persistentes que generan malestar y disfunción, organizados en tres grupos (A, B y C). En la práctica clínica se ha mostrado que las mujeres suelen recibir diagnósticos del clúster B (personalidad límite, histriónica o narcisista) con mayor frecuencia, mientras que los hombres son más asociados al clúster C, que agrupa los trastornos de personalidad antisocial o paranoide.

En paralelo, los trastornos del neurodesarrollo (autismo, TDAH, dislexia, entre otros) han comenzado a estudiarse con perspectiva de género. Se reconoce que las mujeres tienden a presentar síntomas más sutiles, con estrategias de compensación social que retrasan su detección, sin necesariamente esto ser favorable para el sujeto. Esto ha llevado al abordaje de modelos que trabajen con el concepto de desregulación emocional como fenómeno transdiagnóstico —es decir, presente en múltiples psicopatologías—,útil para comprender la intersección entre neurodesarrollo y personalidad, sus manifestaciones y, por supuesto, la capacidad de adherirse a la vida con el menor sufrimiento posible.

Los diagnósticos de salud mental requieren un abordaje integral que combine historia vital, contexto social y perspectiva de género.
Imagen: Freepik
Los diagnósticos de salud mental requieren un abordaje integral que combine historia vital, contexto social y perspectiva de género. Imagen: Freepik

DESARROLLO PSICOSOCIAL

Desde la teoría de Erik Erikson, el desarrollo humano se entiende como una serie de crisis psicosociales que marcan etapas vitales. En mujeres, estas crisis han sido interpretadas históricamente bajo parámetros normativos que invisibilizan la diversidad de  trayectorias de vida. Un ejemplo es que la adolescencia femenina ha sido permanentemente asociada a la “inestabilidad emocional” más que a la búsqueda de identidad; que la adultez temprana se vincula con la maternidad como eje central, dejando de lado proyectos profesionales o académicos, o que la crisis de la mediana edad se interpreta como un “vacío existencial porque los hijos han crecido” más que como una oportunidad de redefinición.

Hoy, la psicología clínica reconoce que estas crisis pueden ser espacios de crecimiento y que los diagnósticos deben considerar el contexto psicosocial de la persona y no sólo sus síntomas aislados.

EL PROBLEMA DE LOS “DIAGNÓSTICOS” DE REDES SOCIALES

En la era digital, plataformas como TikTok, Instagram y YouTube difunden información sobre salud mental. Aunque esto ha permitido visibilizar condiciones antes ignoradas, también ha generado que las personas se autodiagnostiquen de forma masiva, pues quienes se identifican con fragmentos de información incompleta asumen que viven con una enfermedad, cuando es imposible reducir un trastorno complejo a un video de treinta segundos.

Otro factor de importancia radica en la idea de que “todos tenemos algo”, lo que sobrepatologiza las características inherentes a la humanidad misma, pudiendo esto diluir la importancia de un diagnóstico riguroso.

La práctica clínica enfrenta ahora el reto de dialogar con pacientes que llegan con “diagnósticos” obtenidos en redes sociales, situación que exige un trabajo de psicoeducación y desmitificación.

La intensidad emocional de una adolescente puede deberse a condiciones como el TDAH, pero confundirse con un trastorno de personalidad solo por su género.
Imagen: Unsplash/ Aniil Onischenko
La intensidad emocional de una adolescente puede deberse a condiciones como el TDAH, pero confundirse con un trastorno de personalidad solo por su género. Imagen: Unsplash/ Aniil Onischenko

Ejemplos concretos de estas prácticas desfavorecedoras pueden ser una joven que se identifica como autista tras ver videos sobre déficits en la comunicación, pero cuyo cuadro corresponde en realidad a ansiedad generalizada; mujeres con un diagnósticode trastorno de personalidad límite en la adolescencia, pero que en la adultez muestran un perfil claro de TDAH con una consiguiente desregulación emocional; incluso mujeres que interpretan su cansancio crónico como burnout cuando presentan un cuadro de trastorno depresivo mayor.

Estos casos muestran la necesidad de un abordaje clínico integral, que combine diagnóstico diferencial, historia vital, perspectiva de género y análisis psicosocial.

HACIA UN CUIDADO CONSCIENTE

Un diagnóstico no es una etiqueta, sino una herramienta para que los especialistas puedan comprender y guiar. Las mujeres han sido invisibilizadas o malinterpretadas en este aspecto, y aún hoy enfrentan sesgos en la práctica clínica y en la cultura digital. Por ello, es fundamental hacer del cuidado de la salud mental un hábito cotidiano, en el que se desmitifiquen la consulta psicológica y psiquiátrica, entendiendo que acudir a un profesional no es signo de debilidad, sino de responsabilidad.

Reconocer el valor de los psicofármacos —siempre prescritos por un médico psiquiatra— como parte de un tratamiento integral y limitar el consumo de información cuestionable en redes sociales, recurriendo en su lugar a fuentes confiables y a profesionales de confianza, son acciones claras y contundentes a manera de cuidado emocional.

La salud mental merece ser protegida con la misma dignidad que la salud física, y para ello el reto es construir una cultura clínica y social que reconozca la diversidad de experiencias femeninas, que supere los prejuicios históricos y que acompañe con ética yciencia los procesos de cada persona. 

marteda@gmail.com

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