El pasado fin de semana vi la película estadounidense Marty Supreme, que ha recibido nueve nominaciones a los Premios Óscar 2026, incluyendo Mejor Película y Mejor Actor (Timothée Chalamet); además de alcanzar 80 millones de dólares en taquilla. Esta es la historia de un talentoso jugador de ping pong convencido de que puede ser el mejor del mundo, por lo que no le importa trabajar durante meses solo para comprar un boleto de avión que lo lleve a una importante competencia.
El ego, la ambición, el narcisismo y la falta de escrúpulos, están presentes en Marty y en muchos otros personajes. Pareciera que todo le impedía lograr su sueño… y es ahí donde surge la pregunta: ¿el talento y el esfuerzo son suficientes? Se nos ha dicho, hasta el cansancio, que no basta con desear, hay que trabajar, “echarle ganas”, ser disciplinado, incluso sacrificar actividades para alcanzar nuestros anhelos. Sin embargo, la ecuación no es perfecta y, a veces, el más preparado y disciplinado, no lo logra.
Mi interpretación de Marty Supreme es esa: si las personas con poder no apuestan por ti, no habrá esfuerzo, ni talento que sean suficientes. Él lo entendió.
Lo entendió después de poner su “sueño” por encima de sus amigos, su familia, su dignidad, su seguridad y de la gente que más se aproxima a significarle amor.
Marty entendió que no habría sacrificio que alcanzara, que tendría—como coloquialmente se dice— “que venderle su alma al diablo” por uno minutos de gloria; por confirmarse, frente a los ojos del mundo, “que es elmejor”, que el ping pong es un deporte y que él es el máximo representante de Estados Unidos, por hacerles ver a su familia, a sus compañeros de trabajo, a todos quienes no confiaron en él, que cada esfuerzo había valido la pena.
No lo logró. Regresó a casa sin un título, ni siquiera una participación. Llegó a retomar su vida, una vida que no aspiraba, una vida que no estaba en su guion; sin embargo era una vida llena de bendiciones y posibilidades.
Muy pocos vieron lo que Marty era capaz de hacer, fueron pocos quienes se quedaron con la imagen del triunfo, esos “diablos” a quienes una gloria ajena no les sabía a miel; pero también Marty lo confirmó: él era capaz de vencer al mejor del mundo, pero en esta vida, no le tocaba a él.