Textos sin pretextos mejoran contextos
El mundo no es un planeta. Filosóficamente, el mundo es el horizonte de significatividad. Ese horizonte o espacio semántico crece y se enriquece con varios factores. La lectura figura entre ellos. Los libros, ya lo dijo Borges, son extensiones de nuestra memoria y denuestra imaginación. Debería quedarnos claro que sin memoria no puede haber identidad y sin imaginación no puede florecer la creatividad.
Marshall McLuhan enseñó que así como las pinzas dan mayor poder a nuestras manos, los libros potencian nuestro cerebro. Y es un hecho que no únicamente los libros informativos nos brindan valiosos recursos. Las novelas, los cuentos y obras teatrales son manantial de sentido vital; nos permiten imaginarnos en todo tipo de situaciones y nos tornan más humanos.
Milán Kundera acertó al expresar que todos los personajes de ficción son egos experimentales. Eso es clave para la empatía. Sin duda, la literatura nos permite ponernos en los zapatos de otros, asumir sus experiencias y aprovechar sus aprendizajes. Inequívocamente, es venero de resiliencia y fuente de respeto y cohesión social.
En mis cuatro décadas de profesor de tiempo completo, constaté el poder de los libros para expandir los horizontes de millares de estudiantes. Por supuesto, eso se reveló en su desempeño académico y profesional. Con el tiempo, muchos destacarían lo mismo en ciencias exactas e ingeniería, que en medicina y ciencias biológicas, que en filosofía, humanidades y ciencias sociales. Varios de mis exalumnos obtuvieron doctorados en universidades y tecnológicos de prestigio y luego se colocaron laboralmente en relevantes instituciones y empresas. Sin embargo, más allá de esos logros de carrera, el influjo de la lectura se notó y se sigue notando en una perspectiva vital más noble, en tratos comedidos y en relaciones empáticas. Esos lectores demuestran día a día que pretendenmejorar sustancialmente sus entornos.
La semilla fue magnífica (lecturas de calidad) y el suelo fértil (las mentes de aprendices entusiastas), así que no reclamo ningún mérito. Honor a quien honor merece. En cosa ajena yo no pongo nido. Me consta que varios profesores supieron motivar lecturas que expanden mundos. Declaro, eso sí, que mis modestas lecciones de filosofía y de materias humanísticas fueron mejor recibidas y aprovechadas cuando las complementé con textos que leí en voz alta de escritores tan diversos como Chejov, Saki, Poe, García Márquez, el infante don Juan Manuel, Bashevis Singer, Murakami, Quiroga, Borges, Traven, Fuentes, Allende, Hesse, Goethe,Rulfo, Arreola, Garro, Pacheco, Wilde, Mishima, Dostoyevski. Me atrevo a afirmar que sus luminosos textos me ayudaron a despertar conciencias y refinar sensibilidades. Aclaro que no siempre fueron los cuentos más logrados de un autor los mejor recibidos. De mi predilecto Borges he tenido más éxito con Emma Zunz que con El Aleph o con El Zahir. Y me hubiera gustado que la Luvina de Rulfo lograra la respuesta que conseguí fácilmente con su cuento Macario.
Por cierto, también leí cuentos de autores laguneros como Saúl Rosales, Francisco Amparán, Magda Madero, Angélica López Gándara, Jaime Muñoz, Fernando Martínez. Me da gusto que al encontrarme con exalumnos estos me digan que se acuerdan de Los muertos no ríen de Jaime Muñoz o que me pidan que vuelva a hacer la voz que di al protagonista de Dedicatorias, escrito por Francisco José Amparán.
De escritores cualificados como ellos tomaron la estafeta algunos de mis exalumnos que ya son autores de libros. A bote pronto menciono algunos nombres: Vicente Alfonso, Idoia Leal, Miguel Báez, Frino Rodríguez, Carlos Castañón, Enrique Sada, Javier Garza, Héctor Flores, Guillermo Máynez, Rafael Mondragón. Claro está que hay varios más. Es tan solo una primera relación apresurada.
Es innegable que lectores y escritores fortalecen a la comunidad. La literatura permite ensanchar nuestra idea de lo humano y, además de ayudarnos a sobrevivir y a convivir, le da más sabor y color a la vida.
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