Desde que tengo uso de razón, hay una costumbre que tiene mi abuelita cada mañana: leer el periódico. Ella toma El Siglo de Torreón con calma y empieza su lectura como parte de su rutina.
Hoy quiero dedicarle estas líneas a ella, a mi abuelita Alicia Romero, porque más que alguien importante en mi vida, se ha convertido en una de mis grandes maestras y en mi relación más profunda.
Soy la persona más afortunada del mundo por ser su nieta y por tener la oportunidad de aprender tanto de ella: de su historia, de su sabiduría y de la forma en que observa y vive la vida.
Nuestra relación ha ido creciendo con una profundidad que no es fácil de poner en palabras. Cada viernes, sin falta, nos marcamos y ahí está su voz, lista para conversar y profundizar. En cada llamada que las dos esperamos con tanta ilusión, es como si se detuviera el tiempo y no importara nada más que sus historias.
Hablamos sin prisa. A veces nos desahogamos, otras veces reflexionamos sobre la situación de la sociedad, de la familia, de nosotras mismas. Me cuenta la historia de su familia y me da consejos. En cada palabra hay honestidad y reflexión profunda; es como si en esa llamada pudiéramos solucionar el mundo.
Mis conversaciones con ella son como abrir un libro que nunca deja de enseñarme. Me cuenta historias: cómo conoció a mi abuelito, cómo construyeron una familia de dos personas que hoy es un universo de siete hijos, veinticuatro nietos y cuarenta y cinco bisnietos. Me siento la más afortunada por ser su nieta, por darme a la mamá más bonita y por la herencia más grande que fue nuestra familia. Historia tras historia se dibuja una vida llena de amor, trabajo, fe, entrega y perseverancia.
Si pudiera describir a "Alicita", diría que es la más bonita del mundo, como le decía mi abuelito Francisco Trujillo. Él ya no está con nosotros, pero sin duda sigue cuidándola desde donde esté. Y mi abuelita, con esa fortaleza admirable y esa bondad que la define, sigue adelante con una fe inigualable.
Hoy quiero agradecerle por permitirme tener esta cercanía tan valiosa. Cada llamada, cada historia, cada risa y cada reflexión me llena el corazón de una felicidad que no se puede describir, pero se siente. Ella es una mujer fuerte, sabia y generosa con sus recuerdos y con su amor.
Nuestros abuelitos no solo nos regalan historias del pasado, sino puentes hacia quienes somos y hacia quienes podemos llegar a ser. Ellos llevan en su voz la memoria de nuestras raíces, la evidencia de que la vida, con sus subidas y bajadas, vale la pena ser vivida con dignidad y amor.
A ti, abuelita, gracias por todo lo que me has enseñado, por tu fe, por tu bondad y por todas esas conversaciones que llenan mi vida de luz. Este espacio en El Siglo de Torreón es un pequeño homenaje a ti, al amor incondicional y a tu belleza interior y exterior.
Quiero aprovechar para extender mi gratitud no solo a mi abuelita, sino a todos los abuelitos que con su presencia, su historia y su cariño hacen más ricos nuestros días. Gracias por permitirnos asomarnos a su vida, por compartir sus recuerdos, sus aprendizajes y su forma de ver el mundo. Ojalá que cada nieto y nieta se dé la oportunidad de escucharlos de verdad, sin prisas, porque en esas conversaciones hay enseñanzas que no se encuentran en ningún otro lugar. Sus palabras, su experiencia y su amor son un regalo que vale la pena conservar y llevar siempre con nosotros en el corazón.
Escuchar y contar historias es guardar vida en palabras, un acto que nos une con lo que fuimos y con lo que seremos.
Cada historia compartida trasciende el tiempo y se convierte en herencia viva.
Porque lo que realmente perdura no son los hechos, sino la memoria que nos transforma.
Hasta aquí mi reporte, abuelita; nos marcamos la próxima semana, si Dios quiere…
Te invitamos a seguir nuestras redes sociales en Facebook como vibremospositivo, en Instagram como @jorge_lpz, @vengavibremospositivo y @cristycortinas.serinfinito. Escríbenos a jorge@squadracr.com.