Hoy mi columna va a tomar un tono mucho más serio del que estoy acostumbrada, pero no puedo quedarme callada. Es imposible mirar hacia Irán y permanecer indiferente. Cada vez que leo una noticia, veo un video o escucho el nombre de una mujer iraní que ha sido silenciada, encarcelada o asesinada por exigir algo tan básico como decidir sobre su propio cuerpo, siento que esa lucha también me pertenece. No porque viva allí, sino porque la libertad no debería tener fronteras y porque los derechos de las mujeres no deberían depender del lugar en el que nacemos.
Las mujeres en Irán están luchando por algo que en muchos lugares del mundo damos por sentado: caminar sin miedo, expresarse sin castigo, elegir cómo vestirse, cómo vivir y quién ser. Y lo están haciendo a un costo altísimo. No se trata solo de protestas; se trata de resistencia diaria, de valentía constante, de sobrevivir en un sistema que busca controlar sus cuerpos y sus voces.
Lo que más me impacta de esta lucha es su carácter profundamente humano. No es una batalla abstracta ni ideológica: es una madre que quiere un futuro distinto para su hija, una joven que se niega a vivir bajo el silencio impuesto, una mujer que decide no agachar la cabeza aunque sepa que el precio puede ser la cárcel o la muerte. Esa determinación me confronta y me obliga a preguntarme qué hago yo con la libertad que tengo.
A veces escucho que "es su cultura" o que "no deberíamos opinar desde afuera". Pero la opresión no es cultura y el miedo no es tradición. Los derechos humanos no son relativos ni negociables. Defender a las mujeres iraníes no es imponer una visión extranjera, es reconocer que la dignidad es universal. Guardar silencio, en cambio, sí es tomar partido: del lado de quienes reprimen.
Admiro profundamente el coraje de estas mujeres porque están enfrentándose no solo a un régimen autoritario, sino también a décadas de control, censura y violencia estructural. Y, aun así, alzan la voz. Se cortan el cabello en público, salen a las calles, se organizan, resisten. Cada uno de esos actos, por pequeño que parezca, es una declaración poderosa: no nos van a borrar.
Como mujer -y como persona- no puedo separar mi libertad de la de ellas. Porque hoy son ellas las que están siendo castigadas por desafiar un sistema injusto, pero mañana puede ser cualquier otra. La historia nos ha demostrado una y otra vez que cuando se normaliza la opresión en un lugar, se abre la puerta para que se repita en otros.
Creo que apoyar esta lucha también implica mirarnos a nosotras mismas. Agradecer los derechos conquistados, pero no darlos por garantizados. Informarnos, hablar, compartir, incomodar. No dejar que el cansancio o la distancia nos vuelvan insensibles. La solidaridad, incluso desde lejos, importa. Nombrarlas importa. Recordarlas importa.
Las mujeres en Irán no están pidiendo privilegios. Están exigiendo libertad. Y mientras esa libertad les sea negada, su lucha seguirá siendo urgente, necesaria y profundamente inspiradora. Yo elijo no mirar hacia otro lado. Elijo creer que su valentía está sembrando un cambio y que algún día vivirán sin miedo en el país que hoy las reprime. Hasta entonces, alzar la voz por ellas también es una forma de resistencia.
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