Cuando finalmente pude unir los sucesos, la comprensión llegó sin estruendo, pero con una claridad implacable: había pasado gran parte de mi vida evitando las despedidas. Las había rehuido con la paciencia de un artesano, puliendo excusas, acortando encuentros, escapando antes de que llegara ese instante incómodo en el que la emoción amenaza con quebrarse.
Porque despedirse no es un gesto menor. Es un territorio de tensión. Hay palabras que deberían decirse y no salen, abrazos que duran más de lo previsto, silencios que pesan. En ese borde frágil, muchos preferimos huir.
Las imágenes que regresaron no eran casuales. Venían de la infancia. Una casa lejana en el campo, visitas que parecían no terminar nunca, largas mesas compartidas, juegos improvisados, música, risas que se extendían hasta que caía la noche. Y entonces, de pronto, el clima cambiaba. Llegaban los abrazos más apretados, las palabras generosas, los agradecimientos y también las lágrimas. Ese dolor de las partidas quedó grabado en mi corazón de niño, como una marca silenciosa.
Aparecieron también otras escenas, teñidas de gris. El puerto. La lentitud de los barcos alejándose. Los pañuelos blancos agitándose una y otra vez, como si ese gesto pudiera acortar la distancia. Eran despedidas en cámara lenta. Lloraban los que se iban, pero también los que se quedaban. No había consuelo claro para ninguno.
Esos adioses estaban cargados de una tristeza profunda, casi espesa. Eran separaciones entre personas que se amaban y que quizá no volverían a verse. La despedida no era solo una pausa; era, muchas veces, una incertidumbre definitiva.
Al restaurar la trama de mi historia comprendí algo más. La guerra había marcado la vida de muchos de ellos. Su dramatismo atravesó generaciones. Por eso los reencuentros desbordaban de alegría y las despedidas estaban impregnadas de una melancolía difícil de nombrar. Habían aprendido, a fuerza de pérdidas, sobre la fugacidad de la vida.
Tal vez por eso evitaban las despedidas prolongadas. O tal vez, justamente por eso, las vivían con una intensidad que hoy parece ajena. Sabían que cada encuentro podía ser el último y que cada adiós tenía un peso real.
En tiempos de mensajes rápidos y despedidas virtuales, algo de ese ritual se ha diluido. Nos vamos sin mirarnos, prometemos volver a hablar, cerramos puertas sin ceremonia. Pero el dolor de la despedida sigue ahí, intacto, esperando ser reconocido.
Despedirse duele porque implica aceptar el paso del tiempo, la fragilidad del vínculo, la posibilidad de la ausencia. Y, sin embargo, también es una forma de honrar lo vivido. Quizá aprender a despedirnos -sin huir, sin negar la emoción- sea una manera de reconciliarnos con nuestra propia historia y con aquellos que nos enseñaron, incluso en el adiós, el valor profundo de estar juntos.
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