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EDUCACIÓN FINANCIERA PARA MUJERES: EL PODER DE SABER DECIDIR

ALICIA GANEM

Durante mucho tiempo, hablar de dinero fue un tema incómodo para muchas mujeres. No porque no supiéramos manejarlo, sino porque históricamente no se nos enseñó que era nuestro terreno. Hoy, en un contexto de inflación, cambios laborales y mayor participación femenina en la economía, la educación financiera ya no es opcional: es una herramienta de autonomía.

Las mujeres administramos hogares, criamos, trabajamos, emprendemos y sostenemos economías familiares completas. Sin embargo, aún existe una brecha importante entre lo que hacemos y el control real que tenemos sobre las decisiones financieras. Muchas saben cuánto entra y cuánto sale, pero pocas fueron educadas para planear, invertir o proteger su futuro económico.

La falta de educación financiera no es una falla individual, es un fenómeno social. A muchas mujeres se les enseñó a ahorrar "por si acaso", pero no a invertir. A ser cuidadosas, pero no estratégicas. A gastar en otros, pero no a pensar en su retiro. El resultado es una dependencia silenciosa que puede volverse crítica ante separaciones, enfermedades o crisis económicas.

Hoy vemos un cambio importante. Cada vez más mujeres buscan aprender sobre presupuestos, deudas, ahorro, inversión y patrimonio. No desde la ambición desmedida, sino desde la seguridad y la libertad de elegir. Entender cómo funciona el dinero permite tomar decisiones informadas: aceptar o no un empleo, negociar un salario, emprender, salir de una relación insana o simplemente vivir con menos ansiedad.

La educación financiera no se trata de volverse experta en números, sino de comprender lo básico: saber cuánto gano, cuánto gasto, en qué se va mi dinero y cómo puedo hacer que trabaje a mi favor. Se trata de perderle el miedo a términos que durante años parecieron ajenos y reclamar un espacio que siempre nos ha pertenecido.

Además, el impacto va más allá de lo individual. Una mujer con educación financiera suele transmitir ese conocimiento a sus hijas, hijos y entorno. Así se rompe un ciclo de dependencia y se construye una comunidad más informada y resiliente. Cuando una mujer toma control de su economía, mejora su calidad de vida y la de quienes la rodean.

Hablar de dinero no nos hace frías, interesadas o materialistas. Nos hace responsables. Nos hace libres. Nos permite decidir desde la calma y no desde la urgencia.

En tiempos donde la incertidumbre es constante, la educación financiera es una forma de autocuidado. Porque una mujer que entiende su economía no solo administra recursos: administra su futuro.

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