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LA HIGUERA Y LA GUERRA: CRÓNICA MÍNIMA DE UNA DISPUTA COTIDIANA CON FINAL INESPERADO

CLAUDIO PENSO.-

En el jardín de mi casa, lejos de los grandes conflictos que dominan los titulares, se libra cada verano una batalla silenciosa. No hay bandos claramente delimitados ni tratados de paz firmados, pero sí una pregunta de fondo que me formulé varias veces: ¿a quién pertenecen los frutos de la tierra?

La protagonista es una higuera, plantada años atrás con una mezcla de nostalgia y esperanza. Para mí, hijo de emigrantes croatas, ese árbol es mucho más que un árbol; la concebí como un puente hacia la memoria. Me recordaba esos patios del Adriático donde las higueras son parte del paisaje emocional.

Cada temporada se repite el mismo ciclo. A comienzos de diciembre, los frutos maduran y, con ellos, llegan las aves. Bandadas voraces que no distinguen entre esfuerzo humano y derecho natural. Los zorzales son los primeros; desde el amanecer y hasta que el sol cae, se abalanzan sobre las brevas y muchas quedan a medio morder: solo recibieron algunos picotazos. Una guerra desigual que comienza al amanecer y termina al caer el sol.

El año pasado, sin embargo, la estrategia cambió.

Tras leer que los objetos brillantes podían ahuyentar a los pájaros, el jardinero probó colgar adornos entre las ramas. El resultado fue nulo. Las aves, lejos de intimidarse, continuaron su festín con precisión quirúrgica. La tecnología casera no logró imponerse a la experiencia instintiva.

La siguiente táctica fue más sutil: compré dos cuervos negros amenazantes y los colgué entre las ramas. Resultado: total indiferencia. Los pájaros continuaron abalanzándose sobre los higos.

Finalmente, probé otra estrategia: anticipación.

Día tras día, observé la evolución de los higos. Los toqué, los medí, aprendí acerca de su ritmo de maduración. Cuando apenas comenzaban a ceder bajo la presión de los dedos, los retiré para dejarlos madurar fuera del árbol. No estaban en su punto perfecto, ese que las aves parecen detectar con exactitud, pero bastaba.

Por primera vez, gané una batalla.

Los pájaros regresaron como siempre, pero encontraron menos de lo esperado. Revolotearon confundidos, como si algo en las reglas del juego hubiera cambiado. La victoria humana, sin embargo, no fue total. Tampoco definitiva.

Entonces surgió la pregunta: ¿qué significa realmente ganar?

Al día siguiente, junto al jardinero, tomamos una decisión inesperada. Cosechamos solo una parte y dejamos el resto en las ramas más altas, como si fuera un tributo o una concesión. Una tregua no declarada. Un gesto mínimo que transformó el conflicto.

La escena final no tuvo dramatismo: aves y humanos compartiendo, sin acuerdo explícito, el mismo banquete.

En tiempos donde la idea de posesión suele ser absoluta, esta pequeña historia plantea una alternativa incómoda: tal vez la naturaleza no se rige por la lógica de la propiedad, sino por la del equilibrio y la supervivencia. Los pájaros no guardan el alimento ni tienen alacenas. Tal vez porque aprendieron que está disponible y no viven con el pensamiento de la escasez.

La higuera sigue allí. Los pájaros también.

Y la guerra, al menos por ahora, ha sido reemplazada por algo más raro: una forma imperfecta, pero posible, de convivencia.

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